¿Cómo sentimos nuestras emociones? Un estudio interesante

Emotionally}Vague es un proyecto de investigación sencillo pero fascinante. La idea salió de Orlagh O´Brien, experto en diseño gráfico y comunicación. O´Brien se preguntó lo siguiente: ¿cómo sienten las personas la ira, la alegría, el miedo, la tristeza y el amor en sus cuerpos?

Para responder a su pregunta diseñó una sencilla encuesta. Pidió a 250 personas (hombres y mujeres de todas las edades y de 35 países) que dibujasen sobre una silueta humana dónde y cómo sentían cinco emociones básicas y hacia dónde iban, si es que «iban» a algún sitio. También les preguntó por las cosas que despertaban en ellos esas emociones y el color que cada persona asociaba a cada emoción. Después «fusionó» todos estos dibujos en su ordenador. Los resultados son interesantísimos. «¿Cómo sientes tus emociones en tu cuerpo?» era una de las preguntas. Estas son las respuestas de las 250 personas, fusionadas:

Psicología Avilés EmocionesFijaos cómo la ira se concentra en la cabeza, tal vez más que las demás emociones, y también en las manos (preparación para la acción o, si es necesaria, la violencia). Es curioso, ya que casi siempre se asocia la ira y el enfado con el corazón u otros órganos. El miedo, con cierta lógica, parece concentrarse en el estómago. ¡El amor es el que crea una silueta más definida y completa, como si afectase a todo nuestro ser!También es interesante analizar los colores que las personas asociaron a sus emociones. Las emociones «negativas» (miedo y tristeza) se asociaron mayoritariamente a colores apagados y oscuros. Las demás, con rojos, rosas y amarillos. Excepto la ira, que puede ser algo negativo, pero implica activación y energía:

 

Psicologo Avilés Emociones

También se preguntó a la gente en qué punto, exactamente, sentían esas emociones. Esta es la fusión de las 250 respuestas (puntitos):

Siluet

¡Asombroso! Si unimos todas las respuestas, obtenemos un perfil exacto del sistema nervioso (cerebro y médula espinal) y el corazón.

Cuando se les preguntó a las personas por las cosas que les provocaban estas emociones (es decir, «¿qué cosas te provocan ira, tristeza, etc.?»), las respuestas que más se repetían tenían que ver con otras personas. La familia, los amigos, la gente, son las cosas que causaban más alegría y amor. Curiosamente, «gente» también es una de las cosas que más miedo y tristeza causan, junto a otras como la muerte, la oscuridad o las alturas. Y es que el ser humano es un animal social, cuyo bienestar depende en gran medida de mantener unas buenas relaciones con los demás. ¡Por cierto, la segunda cosa que más alegría causa es «la música»!

Podéis encontrar más detalles sobre este interesantísmo estudio en Emotionally}Vage.

El juego de ponerse en lo peor

Maxi Costales Psicólogo Avilés

Hay un juego mental que yo llamo «ponerse en lo peor». He descubierto que es útil cuando nos asaltan pensamientos repetitivos que nos obsesionan, y que nos impiden llegar a conclusiones útiles. También cuando somos demasiado perfeccionistas o muy exigentes con nosotros mismos. A veces le damos demasiada importancia a cosas que, objetivamente, no tienen tanta.

Hay muchas personas que dicen que «siempre se ponen en lo peor», pero en mi experiencia esto no es del todo cierto. Lo que hacen es usar siempre pensamientos formulados en negativo («no voy a conseguir hacer tal cosa») o se preocupan demasiado y en exceso por todo, pero esto no es «ponerse en lo peor».

Para jugar a ponerse en lo peor hay que emplear la lógica. Pensemos en una situación que nos preocupe o nos angustie. Ahora, imaginemos que esa situación sale de la peor forma posible, pero siempre dentro de lo razonable. Por ejemplo, imaginar que nos podrían despedir del trabajo entra dentro de lo posible (y ya es bastante malo); que haya un terremoto, no ¿Qué consecuencias tendría? ¿Qué harían las personas presentes? ¿Qué haría la gente que nos importa (padres, pareja, familia)? ¿Qué podríamos hacer para arreglar las consecuencias, si podemos hacer algo?

Ejemplo: «tengo pánico a hablar en público y siento que… me moriré».

Poniéndose en lo peor: «mi discurso podría salir de la peor forma posible. Lo peor sería quedarse en blanco y sudando, y no llegar a hablar, ni una palabra. Me sentiría fatal, lógicamente. Como no estaría sola, seguro que algún otro de los ponentes cogería el relevo. Me ofrecerían un vaso de agua o salir de alli. La gente se reiría. Bueno, no todos. De hecho, los asistentes me conocen y no creo que se riesen demasiado. En el peor, peor de los casos, yo no sería capaz de volver a la palestra y no diría mi discurso…»

En el ejemplo anterior, la peor consecuencia imaginada ha pasado de «morirse» a «sentirse fatal». A nadie le gusta quedarse en blanco, pero hay una notable diferencia entre ambas cosas. En el primer caso, esta persona no estaba usando la lógica y no estaba elaborando lo suficiente la situación de hablar en público. Al ponerse en lo peor, consiguió hacerse una idea de la situación mucho más realista.

Cuando esté mejor

Tenemos la tendencia a aplazar las cosas para cuando «estemos mejor». ¿Y si fuese al revés? ¿Y si hacer cosas nos sirviera para estar mejor?

Cuando haga cosas Maxi Costales

Los Jinetes del Apocalipsis de la pareja

John Gottman afirma que hay cuatro «Jinetes del Apocalipsis» en las relaciones de pareja. Estos son:

Críticas personales. Entendidas como críticas destructivas y dirigidas contra la persona (bien a lo que hace o bien a su propia forma de ser). Estas críticas suelen ser poco racionales y extremistas («nunca te preocupas por mí», «siempre eres egoísta»), y nunca son constructivas. Cuando las críticas van subiendo de tono, suele llegarse al siguiente punto, el desprecio.

Desprecio. Tratar al otro desde una posición de superioridad. Las críticas se vuelven despectivas, minusvalorando lo que hace el otro. La actitud de desprecio puede tomar muchas formas: insultos, correcciones continuas, recordatorios de lo que se hizo mal, moralizaciones, burlas, sarcasmo… Lógicamente, el desprecio hace mella en ambos a medida que pasa el tiempo. El que desprecia se siente amargado y descontento; el que es despreciado ve minada su autoestima y su amor propio. Ambos acaban, por decirlo de forma sencilla, hartos del otro.

Actitud defensiva. Estar a la defensiva genera mucha tensión. Nos impide totalmente atender a lo que nos dice la otra persona, porque nuestro cerebro está muy ocupado buscando contraejemplos y contracríticas que hacerle. Así es imposible que la pareja se entienda y que lleguen a algún acuerdo. Ejemplos de actitud defensiva son buscar excusas para lo que hemos hecho (o no hecho), echar la culpa a otros o a la pareja, buscar ejemplos de errores parecidos cometidos por nuestra pareja…

Actitud evasiva. «Como quien oye llover» es la descripción perfecta de quien adopta una posición evasiva. Habitualmente se llega a esta actitud después de pasar por las otras, cuando la evasión ya es la única salida para evitar una bronca absurda. La persona no hace ningún caso de lo que su pareja le dice, la ignora y no da señal alguna de haberla escuchado. Este comportamiento puede ser productivo en ciertos casos (por ejemplo, ante una pataleta de un niño), pero es muy destructivo en una relación.  Los problemas jamás se resolverán y ambos se sentirán cada vez más lejos. Evitar los problemas en vez de enfrentarse a ellos es un comportamiento más común en hombres que en mujeres.

Pareja psicología

Gottman advierte que los Jinetes no siempre se presentan en este orden, sino que suelen alternarse y aparecer intermitentemente. Casi todas las parejas cometen estos errores. Las críticas personales, por ejemplo, ocurren en casi cualquier pareja. A medida que pasa el tiempo y la relación empeora, es más probable que aparezcan las actitudes evasivas y defensivas.

Muchas veces, la única forma de romper estas dinñamicas totalmente destructivas es acudir a un psicólogo con cierta experiencia (y maña) en relaciones de pareja. Un punto de vista neutral y externo es valiosísimo.

Niños y castigos

Psicólogo Avilés Asturias

El castigo es la forma que más se usa para intentar moldear la conducta de los demás. ¿Qué ocurre si nos saltamos un semáforo en rojo? Recibimos una multa. ¿Y si robamos en una tienda? La policía nos detiene y vamos a juicio (y también multa). Y así con todo.

También en familia se hacen las cosas así. Casi todos los padres recurren frecuentemente al castigo con sus hijos, y bastantes de ellos no conocen otra forma de hacer las cosas.

Tengo una mala noticia para los amantes del castigo: es un método muy poco efectivo. Es mucho mejor premiar lo bueno que castigar lo malo. El castigo tiene que ser inmediato (justo cuando se produce la conducta que queremos eliminar) y proporcional a la falta cometida. Aún así, a la larga no sirve y provoca un desgaste muy grande tanto en padres como en hijos. Usarlo como único método de educación es muy desacertado.

Entonces ¿no sirve de nada el castigo? Puede servir, si se hace bien.

  • El castigo tendría que ser la excepción, no la norma. Si castigamos por todo, pronto el castigo perderá su valor. Entonces tendremos que buscar castigos más severos, que pronto perderán también su valor… y así eternamente. Hay que usarlo con mesura.
  • El castigo ha de imponerse como una consecuencia inevitable de los actos de los niños. Nunca como una venganza personal o para «dar un escarmiento» al niño. Ejemplo: «vaya, veo que has dejado los deberes sin hacer, así que no comerás postre esta noche». No hay discusión, no hay negociación, simplemente no se come postre si no se hacen los deberes. Es un hecho.
  • El castigo hay que imponerlo con tranquilidad, casi con amabilidad. De nada sirve gritar y perder los estribos, excepto si queremos demostrar a nuestros hijos que pueden hacernos perder el control. Una voz firme pero tranquila es mucho más eficaz. No es necesario repetir mil veces el castigo o «restregárselo» al niño por la cara.
  • El castigo ha de cumplirse. Es probablemente lo más importante. Si amenazamos y castigamos, pero no cumplimos lo que decimos, nuestras palabras perderán pronto su valor. Los niños aprenden muy rápido hasta dónde pueden llegar y dónde están los límites, y de hecho necesitan aprenderlo. Si no cumplimos nuestros castigos, les estamos dando carta blanca para que hagan lo que les dé la gana, esperando encontrar dónde están esos límites. Ambos padres deben mostrarse de acuerdo ante los hijos, aunque en privado no lo estén.

Probablemente muchos papás me lean y piensen «eso en la vida real no se puede hacer». Y yo les contesto: ¿habéis probado, papás?

Los polos opuestos ¿se atraen?

Psicólogo Avilés

Hay muchas ideas preconcebidas sobre cómo funcionan las relaciones de pareja. Algunas son acertadas y otras… no tanto.

Una idea muy extendida es la de que «polos opuestos se atraen», queriendo decir que siempre se produce una gran atracción entre los miembros de la pareja si ambos tienen costumbres, gustos y personalidades muy distintas. El clásico ejemplo es una mujer activa e inquieta que encuentra su media naranja en un hombre calmado y tranquilo. Esta idea también presupone que las características de cada uno sirven de contrapeso para las peculiaridades de su pareja. En el ejemplo anterior, la mujer «activaría» a su pasivo marido, mientras que él aportaría la calma necesaria a la «ansiedad» de su mujer.

Pero ¿es cierto esto de que los opuestos se gustan? Yo diría que a medias.

Cada pareja pasa por muchas etapas y altibajos. Muchas de estas etapas dependen de cada caso (una infidelidad, un despido, un cambio de casa, el matrimonio…), pero otras son universales. Por ejemplo, se ha constatado que casi todas las parejas pasan por una primera etapa de enamoramiento o amor pasional, en el que se minimizan los defectos del otro, se ensalzan sus virtudes y todo lo que rodea a esa persona parece encantarnos. Durante esta etapa, al inicio de la relación, sí se cumple lo de que «los opuestos se atraen». Una persona que tiene costumbres o ideas totalmente opuestas a nosotros se convierte en algo simpático, divertido y emocionante, y las discusiones sobre ese tema son parte del encanto de la relación.

Pero ¿qué ocurre cuando este descontrol inicial se calma? Después de esta primera etapa pasional se producen cambios en la relación, aumenta el compromiso, comenzamos a ver los defectos de la persona, aumenta el desencanto y la complicidad. Es entonces cuando muchas parejas van dándose cuenta de que esas «peculiaridades» del otro no son tan bonitas. El asunto tiende a convertirse en un punto de fricción, un tema más del que discutir. Ejemplos: una chica muy solidaria cuyo novio es egoísta; un hombre conservador casado con una mujer que milita en un partido de izquierdas; una mujer amante del orden cuyo novio jamás hace la cama. Estas diferencias, si no se incorporan a la vida en pareja y se aceptan, pueden causar muchos conflictos e incluso la ruptura de la pareja. Suele tratarse de asuntos que no afectan físicamente a la pareja, pero sí emocionalmente. En los ejemplos anteriores, hacer la cama o ser de izquierdas seguramente no afecten al amor que demos a nuestra pareja; ser egoísta, en cambio, sí puede marcar la forma de comportarnos como novios.

Por eso, el dicho de que «polos opuestos se atraen» puede ser cierto al principio, cuando todo se convierte en una característica positiva; pero a la larga, probablemente sea mejor buscar a alguien cuyos gustos y forma de ser coincidan más con los nuestros.

¿Qué es la ansiedad?

Hace poco me encontraba respondiendo a preguntas de pacientes en un consultorio online. Allí, junto a otros profesionales, intento despejar las dudas que las personas tienen acerca de los temas que les preocupan (relacionados con la psicología, obviamente). Mientras repasaba las preguntas de los internautas me di cuenta de algo. Muchas preguntas hablaban de síntomas físicos desagradables, muy variados, desde cefaleas hasta temblores. Mucha gente se quejaba de insomnio, olvidos, dolor en el pecho… Lo curioso es que en muchas ocasiones, la respuesta era idéntica: «se trata de ansiedad».

Parece que la ansiedad adopta muchas formas. Pero ¿qué es la ansiedad?

La ansiedad es una respuesta de nuestro organismo que se manifiesta en tres ámbitos: el pensamiento, la actividad fisiológica y la conducta. La forma que adoptan estas manifestaciones es muy variable, dependiendo de la persona. Veamos algunos ejemplos:

Síntomas relacionados con el pensamiento (cognitivos)

  • Preocupación
  • Inseguridad
  • Sentimientos de inferioridad
  • Dificultad para concentrarse y tomar decisiones
  • Confusión
  • Desorientación
  • Olvidos
  • Pensamientos equivocados sobre lo que está pasando («me voy a desmayar», «no puedo soportarlo»)

Sintomas fisiológicos

  • Cambios en la actividad cardíaca: palpitaciones, taquicardia, tensión alta
  • Calor, sofocos, sudoración
  • Tensión muscular, rigidez
  • Dificultad para respirar, ahogos, dolor o presión en el pecho, respiración rápida
  • Mareos, vómitos
  • Boca seca
  • Trastornos sexuales (dificultad para la erección, eyaculación precoz…)

Síntomas conductuales

  • Son los más amplios y variados, dependiendo de cada persona
  • Casi siempre se intenta hacer algo para reducir el nivel de ansiedad: luchar contra los pensamientos ansiógenos, evitar o huir de las situaciones desagradables, etc.
  • La evitación y la huida disminuyen el malestar a corto plazo y de forma momentánea, pero a largo plazo mantienen y agravan el problema
  • Fumar, beber, consumo de drogas
  • Automedicación o consumo excesivo de pastillas
  • Tartamudear, hablar rápido, voz entrecortada
  • Hiperactividad o paralización
  • Tics nerviosos
  • Explosiones emocionales (ira, alegría, tristeza descontrolada)

Como podemos ver, hay muchísimos síntomas diferentes y cambian con cada persona. Algunas personas tienen muchos síntomas de uno de los tipos, pero muy pocos de otro: por ejemplo, muchos síntomas cognitivos relacionados con lo que piensan y muy pocos síntomas fisiológicos. Si te identificas con los síntomas anteriores y reconoces muchos de ellos en ti, probablemente estés pasando por una etapa de ansiedad.

Ansiedad Avilés

Pero ¿por qué tenemos ansiedad?

Hay que tener en cuenta una cosa muy importante: la ansiedad no es, en sí misma, algo negativo. La ansiedad es una respuesta del organismo ante una situación percibida como peligrosa o amenazante. Imaginemos que de pronto aparece un león feroz ante nosotros, rugiendo y dando zarpazos al aire. ¡Cualquier persona sentiría ansiedad en una situación así! Pero ¿y si el león no es de carne y hueso, sino un león imaginario hecho de cosas que tememos? Tal vez hayamos aprendido de pequeños que cierta situación es muy peligrosa y hay que evitarla, aunque no lo sea. Tal vez tengamos malas experiencias. Tal vez hayamos sufrido un ataque de pánico y nos dé miedo volver al sitio donde ocurrió. Todos tenemos dentro un león que nos causa ansiedad: hablar en público, el trabajo, el miedo a la enfermedad, el miedo a que nuestros hijos se hagan daño, las relaciones interpersonales, la pareja… ¿Cuál es tu león? Es importante saberlo.

La ansiedad, por tanto, es una respuesta normal del organismo que aparece en una situación que no entraña un peligro físico real. Un poco de ansiedad es buena, ya que nos ayuda a reaccionar mejor ante situaciones exigentes (por ejemplo, un exámen), pero demasiada ansiedad nos impide pensar y nos descoloca por completo. Es importante analizar qué situaciones nos causan ansiedad y diseñar un plan para enfrentarnos a ellas. Si la ansiedad te supera, controla tu vida, te impide hacer lo que quieres, te causan gran malestar, podrías plantearte buscar ayuda de un profesional de la psicología. Los psicólogos, especialmente los que usamos una orientación cognitivo-conductual, solemos tratar en consulta este tipo de problemas con bastante éxito.

Algunos trastornos relacionados con la ansiedad son: la ansiedad generalizada (TAG), el trastorno obsesivo-compulsivo (TOC), el ataque de pánico, la agorafobia…

Si la ansiedad te preocupa, no dudes en hablar con un profesional. No tienes nada que perder y sí mucho que ganar.

Cambiar desde el interior

Psicólogo Avilés

Un hombre se quejaba siempre de que su vida era un desastre y de que él no parecía ser capaz de tomar las riendas de su destino. Deseaba ser capaz de llevarse bien con la gente, administrar mejor su dinero, ignorar a quienes lo criticaban, buscar una buena esposa… En resumen, quería que su vida cambiase por completo.

Cansado de esta situación, decidió acudir a un terapeuta para que enderezase su vida.

– Señor psicólogo -le dijo-, llevo una vida bastante desastrosa. No me gusta cómo soy y cómo me comporto en muchas ocasiones. Quiero que usted cambie mi vida.

El terapeuta se levantó, salió de la consulta y volvió con un huevo de gallina. Lo puso sobre la mesa y miró a su paciente.

– ¿Qué ve usted aquí? – preguntó.

– Un huevo, por supuesto.

– ¿Qué pasaría si lo rompo?

– Pues que podría hacer un huevo frito o una tortilla.

– Ajá. ¿Y si hubiese un pollito creciendo en su interior? ¿Qué pasaría entonces si lo rompo?

– Lógicamente, el pollito se moriría y nunca nacería -dijo, extrañado, el hombre.

– Justamente. Si el huevo se rompe desde fuera, la vida se acaba. Sin embargo, si se rompe desde dentro, una nueva vida comienza. Usted me pide que yo cambie su vida, y nadie puede hacer eso. Tan solo usted, desde dentro, puede cambiar su vida y su forma de relacionarse con ella. Los grandes cambios, las cosas más importantes, empiezan siempre desde el interior.

La vaca de la familia pobre

Psicólogo Avilés

Había una vez un maestro muy sabio que paseaba por el campo con su discípulo. Se encontraron con una humilde casita en la que vivía una pareja de campesinos con sus tres hijos. Todos ellos estaban sucios, con ropas muy gastadas, y no parecían muy bien alimentados. Había una sensación de gran pobreza en todo aquello.

El maestro, curioso, le preguntó a la familia cómo sobrevivían, ya que no se veían cultivos, ni industrias, ni riqueza de ningún tipo. El padre le contestó: «tenemos una pequeña vaca que nos da leche cada día. Parte de esa leche la vendemos, y con el dinero compramos cosas que necesitamos. El resto de la leche nos la bebemos, y así vamos sobreviviendo».

Maestro y discípulo agradecieron la información y se fueron. Cuando ya estaban a cierta distancia, el maestro dijo al discípulo: «vuelve a esa pobre casa y busca esa vaca. Llévala junto al precipicio y empújala al vacío». El discípulo quedó espantado por esta petición. ¿Cómo destruir la única fuente de alimentos y el único medio de subsistencia de aquella pobre familia? Por otra parte, pensó que su sabio maestro tendría sus razones para pedirle aquello, y que él, en su ignorancia, simplemente no entendía esas razones.

Así que volvió, buscó a la vaca, y la tiró por el precipicio.

Bastante tiempo después, el discípulo decidió volver a ver a aquella pobre familia. El recuerdo de aquella vaca nunca se le había borrado de la cabeza, y nunca dejó de sentirse culpable por lo que había hecho. Cuando llegó a la zona, no vio una humilde casucha, sino una mansión lujosa, con un gran automóvil en la puerta, árboles, y hermosos jardines en los que jugaban varios niños. «¡Cielos! Aquella pobre familia ha debido irse de aquí al perder a la vaca, o algo peor», pensó. Se dirigió a la casa y preguntó por la familia que vivía aquí antes. Le dijeron que no se había ido, que seguía aquí. Y, efectivamente, el discípulo se dio cuenta de que era aquella misma familia, con mucho mejor aspecto que la última vez que los había visto. El padre de familia, sonriente, le explicó: «teníamos una pequeña vaca que nos daba algo de leche y algo de dinero para sobrevivir. Un día, por suerte, la vaca cayó por un precipicio y murió. Desde ese momento, tuvimos que tomar otras decisiones y hacer otras cosas, desarrollando habilidades que nunca creímos tener. Así empezamos a prosperar. La muerte de esa pobre vaca nos cambió la vida; si siguiera viva, seguiríamos siendo igual de pobres que antes».

Todos nosotros tenemos una «pequeña vaca» que nos proporciona lo básico para sobrevivir, pero que también nos somete a su rutina y nos impide probar cosas nuevas. Descubre cuál es la vaca que te mantiene atado.

Sufrir ahora para disfrutar luego

Hay una forma de entender la vida, muy extendida en nuestra cultura, que consiste en dejar los placeres y las gratificaciones para «más tarde». Ese «más tarde» suele convertirse en algún momento indefinido del futuro, que nunca llega, y que acaba por no suceder jamás. Así, la persona se esfuerza día a día en actividades que no le motivan, que incluso detesta, y deja lo que le gusta para más adelante. Además, tenemos la creencia de que es mejor esforzarse y sufrir para luego disfrutar más de la gratificación. La persona irá de acampada «cuando haga mejor tiempo», dejará ese viaje «para cuando sus hijos sean algo mayores», quedará con sus amigos «cuando pase ese exámen tan importante».

Aunque está bien planificar, esta forma de pensar nos lleva a ser infelices. Si nunca recibimos ninguna gratificación ni hacemos nada que nos guste, ¿para que vivimos? Hay un cuento al respecto de esta filosofía de «primero esforzarse, luego disfrutar».

Un hombre entra en una zapatería y pide unos zapatos del número 38. El dependiente, extrañado, le comenta que un par de números más le quedarían sin duda mejor. El hombre insiste, así que el dependiente le trae unos zapatos del 38. «Serán para un regalo», piensa. Pero no. En cuanto se los da, el cliente pide un calzador y lucha por embutir sus pies en los zapatos, cuando es evidente que le quedan pequeños. Tras muchos esfuerzos consigue ponérselos, paga, y sale de la tienda andando de forma extraña en dirección a su trabajo.

El trabajo del hombre le exije estar muchas horas de pie, por lo que sufre horriblemente con sus zapatos pequeños. Le aprietan, le rozan, le hacen daño. A medida que pasan las horas se ve tentado a tirar los zapatos al demonio, pero prefiere seguir sufriendo con ellos puestos.

Cuando llega el final de la jornada, un compañero se le acerca y le pregunta si se encuentra bien.

– Sí, son estos zapatos. Me aprietan.

– Pues parecen nuevos.

– Sí, acabo de comprarlos.

– ¿Y los compraste pequeños?

– Sí.

– No entiendo.

– Verás, últimamente mi vida no es muy gratificante. Voy del trabajo a casa y de casa al trabajo, no me divierto mucho, estoy bajo de moral -dice el hombre.

– ¿Y eso qué tiene que ver con los zapatos? -pregunta extrañado su compañero.

– Con estos zapatos estoy sufriendo, ya me ves. Tengo los pies destrozados. Pero más tarde, cuando llegue a casa, me los quitaré. Y cuando me los quite, ¿te imaginas qué placer? ¡Eso sí que va a ser gratificante! ¡Eso sí que me va a subir la moral!