La rigidez mental

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La rigidez mental es un estilo de pensamiento que afecta a casi todo en nuestra vida: las decisiones que tomamos, nuestra forma de ver el mundo, nuestra manera de relacionarnos con los demás… La rigidez mental puede definirse como una serie de patrones y creencias a las que nos aferramos firmemente y nos impiden actuar de otra forma en ciertas circunstancias. Sospecho que todos los humanos tenemos un poco de rigidez para ciertas cosas, normalmente presentada en forma de “manías”, “costumbres” o “prejuicios”.

El problema es que la rigidez es una cuestión de grado. No se trata de ser o no ser rígido: la cuestión es hasta qué punto esa rigidez mental afecta a nuestras vidas. La rigidez tiene mucho que ver con los sesgos cognitivos y los pensamientos irracionales. Yo comparo la rigidez mental con unas gafas que nos hacen ver las cosas de una determinada forma poco realista y poco eficaz. No podemos quitarnos esas gafas, y tampoco somos conscientes de que las llevamos, así que lo veremos todo a través de ese filtro, el cual nos ofrece una imagen errónea. En base a esa imagen errónea o sesgada, yo voy a tener unos pensamientos y unas conductas determinadas, que normalmente me hacen gastar tiempo y energía en cosas absurdas e inútiles. Y siempre lo haré, porque como no soy consciente de llevar esas gafas, nunca podré quitármelas… Esa es la condena de la rigidez mental, que siempre voy a hacer lo mismo, una y otra vez.

La rigidez nos hace ver cosas insignificantes como importantísimas. Así, yo veo gente que se consume pensando, hablando y haciendo minucias, cosas sin importancia, “tonterías”, mientras su vida pasa entre frustración, enfados y tristeza.

La rigidez tiene mucho que ver con la falta de perspectiva y la falta de innovación. El cerebro humano necesita dar explicación o sentido a ciertas cosas de la vida (y hay muchos estudios que lo demuestran), y a veces cometemos errores muy gordos. Con tal de aferrarnos a nuestra explicación o a nuestra opinión, seguimos perseverando en el error a pesar de todas las evidencias en contra.

Ahora bien, si conseguimos distanciarnos un poco de eso que consideramos tan importante, tal vez nos demos cuenta de que estamos invirtiendo tiempo y esfuerzo en cosas inútiles, en ideas que son irreales y que no tienen la importancia que creemos. También ayuda probar a hacer cosas diferentes, cosas que desafíen esa visión rígida del mundo. Así veremos que no todo es tan importantísimo y que esas “gafas de rigidez” no siempre nos muestran el mundo como es.

No sabemos lo que queremos: motivaciones ocultas

No, no voy a despotricar sobre la sociedad actual ni nada por el estilo. Voy a hablar un poco sobre lo que queremos y lo que realmente queremos.

Me explicaré. Todos queremos cosas. Diariamente nos movemos y nos esforzamos por lograr aquellas cosas que necesitamos, que nos motivan, o que simplemente nos apetecen. Estas cosas suelen ser bastante evidentes, y si alguien nos pregunta sabremos explicárselas. “¿Por qué trabajas donde trabajas?”, la respuesta sería algo así como “¡pues porque necesito el dinero!”. Lógico. Podemos llamar a esto motivación explícita. Lo conocemos, somos conscientes de ello, y los demás suelen serlo también.

Luego hay otras motivaciones de las que no somos tan conscientes. Trabajamos allí porque deseamos alejarnos el mayor tiempo posible de nuestra casa. Nos metemos en una relación tras otra porque tenemos pánico a la soledad. Nos compramos un coche caro porque, en el fondo, queremos parecer más que los demás. En fin, cosas que nunca jamás admitiríamos si nos preguntasen por qué hacemos las cosas que hacemos. Estas son las cosas que nos hacen comportarnos como lo hacemos, aunque en el momento no seamos conscientes de ellas. De hecho es muy difícil aceptar estas motivaciones porque creemos que son negativas, extrañas, vergonzosas o egoístas. El problema no es que sean subconscientes (porque si no sabemos que están ahí, ¿cómo van a influirnos?), el problema es que no queremos reconocerlas. Podemos llamarlas motivaciones ocultas.

Psicologo Avilés

Es importante aceptar que algunas cosas las hacemos por motivos un tanto oscuros e inadmisibles para nosotros mismos. No es nada malo. Sin embargo, conocer nuestras motivaciones ocultas puede ayudarnos mucho en nuestra vida, porque nos ayudará a tomar mejores decisiones, a utilizar la lógica y a actuar menos por instinto.

Otro día hablaré de la importancia de las motivaciones ocultas en las relaciones de pareja.

Dependencia emocional en pareja

La dependencia emocional es un problema que veo frecuentemente en mi consulta y que afecta a muchas parejas.

La dependencia emocional ocurre cuando nuestro bienestar, tranquilidad y felicidad dependen por completo de una sola persona. Puede ocurrir con familiares, con amigos o, más frecuentemente, con nuestra pareja. Algunas características del dependiente emocional podrían ser:

  • Excesivo apego a su pareja. No puede estar sin ella, necesita poder contar con esa persona en cualquier momento. No se trata de que quiera estar con su pareja, se trata de que lo necesita.
  • Necesidad constante de afecto. La persona busca sin descanso el afecto de su pareja. No importa que esta se lo dé o no, prácticamente nunca será suficiente. Tiene una gran necesidad de aprobación y aceptación por parte de su pareja; cuando existe el mínimo contratiempo o problema, el dependiente sufre de forma exagerada.
  • Necesidad continua de reafirmar su “amor”. Necesita pruebas constantes de que la pareja funciona, de que todo va bien, de que hay suficiente amor, de que está haciendo “lo correcto”, etc. Lógicamente, esto lleva a pensamientos y comportamientos obsesivos de comprobación y control.
  • Pánico al abandono, la soledad o la ruptura. El dependiente intentará por todos los medios que no se produzca el “fracaso” de la relación. Al más mínimo indicio de problemas, hará enormes esfuerzos por arreglar la relación, aunque sean totalmente exagerados. Aceptará grandes humillaciones y sacrificios con tal de que esa relación no se rompa. Nada de “más vale solo que mal acompañado”. Si ocurre lo peor y la relación se rompe, necesitan encontrar una nueva pareja lo más rápidamente posible.
  • Idealización de su pareja. Le dan una importancia a su pareja y a la relación totalmente desproporcionada. La relación pasa a ser el centro de la vida del dependiente, que invertirá todo su tiempo y energía en ella. Evidentemente, todo lo demás (trabajo, amistades, familia) pasa a ser secundario.
  • Tienden a buscar un cierto tipo de pareja. Habitualmente personas conflictivas, distantes, frías, soberbias… Se produce así una relación totalmente asimétrica en la que una parte lo da todo mientras la otra recibe con más o menos agrado todas esas atenciones. No tiene por qué hacerlo con mala intención, ni siquiera ser consciente de ello, pero la pareja del dependiente tiene cierto papel en la dependencia. Los dependientes también se emparejan frecuentemente con personas con problemas propios (abuso, drogas, trastornos), en una especie de intento por “salvarlas” o hacer que cambien de alguna forma. Evidentemente, el cambio no llega casi nunca.

 

dependencia

Por lo tanto, la vida del dependiente emocional está totalmente subyugada a “la relación” y a su pareja. Cualquier cambio de humor en su pareja provoca un auténtico terremoto emocional en la persona dependiente.

Se ha visto una relación marcada entre la dependencia emocional y la autoestima. El dependiente suele tener una pobre imagen de sí mismo, tal vez no en todo, pero sí en lo relacionado con la pareja o las relaciones. Son frecuentes las ideas como “nadie me va a querer, solo él/ella”, “no valgo para estar con nadie”, “si me deja mi pareja, no encontraré a nadie más”, “él/ella es la única persona que me soporta”…

El dependiente rara vez tiene el control sobre lo que pasa en la relación. Es una especie de naúfrago cuya balsa es empujada en todas direcciones por fuerzas que él no puede manejar y que le superan. En cualquier momento puede suceder “algo”, que puede ser una minucia, y que convertirá de pronto la vida del dependiente en un infierno: una mala contestación, mal humor de su pareja, una frase poco acertada… Cualquier cosa puede desencadenar la tormenta. Evidentemente, vivir así es muy duro a nivel emocional.

Si te sientes identificado con lo que comento, tal vez sufras dependencia emocional. La consulta del psicólogo es el lugar donde tratar este problema, que puede hacer muy complicada nuestra vida.

Tiempo y energía

El tiempo y la energía son conceptos físicos importantísimos. Nada podría suceder en el universo sin tiempo y sin energía.

Pero no entraré en definiciones físicas. Estaréis de acuerdo conmigo en que todos y cada uno de nosotros tenemos una cantidad de tiempo y de energía limitada. Ninguna de las dos cosas es infinita. Por cierto, no hablo de la energía como algo mágico o místico, sino como una magnitud física que nuestras células producen a base de ciertas reacciones químicas. Nada de misterios.

Cuando nos quedamos sin energía, ya no somos capaces de hacer cosas con eficacia, no tenemos ganas de emprender nada, no tenemos fuerzas para hacer las cosas que normalmente haríamos. Todo se nos hace muy cuesta arriba y lo que queremos es irnos a la cama y descansar.

Cuando nos quedamos sin tiempo, bueno… significa que el día se ha terminado y ya no hay más horas disponibles. De nuevo, habrá que descansar. Si nos ponemos muy existencialistas, al final de nuestra vida se nos acaba el tiempo y nos morimos, pero eso no debería preocuparnos mucho hoy.

Falta de energía

Vemos, entonces, que tiempo y energía son dos monedas de gran valor que gastamos día a día. Mi pregunta es: ¿cómo es que no tenemos más cuidado para decidir cómo y con quién gastamos esos recursos tan valiosos? Cada día veo personas que no son felices en su día a día porque han elegido invertir su energía y tiempo en personas, tareas o relaciones totalmente inadecuadas. Por eso tienen una sensación de insatisfacción y cansacio permanente. Están dándose cabezazos contra una pared, intentando esforzarse cada vez más con la esperanza de que ese “algo” cambiará y todo será maravilloso. Pues bien, es poco probable que eso ocurra por arte de magia. Si queremos que ese “algo” deje de afectarnos tanto, quizás lo más sabio sea dejar de apostar todo nuestro tiempo y energía en ello. Si lo hacemos, a lo mejor podemos usar esos recursos tan valiosos para reflexionar sobre otras formas de actuar, para dedicarnos a algo que realmente nos gusta, para leer… en definitiva, para cuidarnos.

Cosas que pueden consumir nuestro tiempo y energía:

  • las demás personas (esta es la fuente número uno de cansancio emocional, pueden ser desconocidos, amigos, familiares…)
  • el trabajo
  • los estudios
  • la preocupación sobre el futuro y el pasado
  • las noticias, los medios de comunicación, la publicidad…
  • las redes sociales

Y un largo etcétera más. Pero, entonces, ¿renunciamos a todo esto? ¿Nos quedamos sin amigos, nos vamos a vivir a una cueva…? Nada más lejos. Todas esas cosas que he mencionado no necesariamente tienen que amargarnos. Pero si no nos cuidamos un poco corremos el peligro de que nos vayan comiendo poco a poco la vida, aunque no sea con mala intención. El ejemplo más claro son los amigos o la familia. Salvo excepciones, ellos no quieren fastidiarnos. Pero resulta que a veces nos demandan tiempo, energía, citas, esfuerzos, etc., que no tenemos por qué darles si no queremos, la verdad. Puedo ser feliz con mis amigos, pero quizás no quiera quedar con ellos a todas horas, todos los días. Pude haberme comprometido a ir a una fiesta, pero tal vez ese día me encuentro agotado por una semana muy dura. Hay mil motivos para decir simplemente no. Lo mismo para otros ámbitos: las redes sociales son útiles, pero si mi vida depende de ellas tengo un problema. El trabajo es necesario, pero pasa a ser un peligro cuando nos pasamos más tiempo en él que fuera de él. Planear el futuro está bien, pero no hasta el punto de obsesionarnos por cosas que no controlamos.

En resumen, reflexiona sobre en qué cosas gastas tu energía y tu tiempo. Si te va bien así, perfecto. Si notas que algo te hace infeliz, que te agota, que está empezando a dominar tu vida en vez de ser al revés… es hora de dejar de invertir energía y tiempo en ello. Al menos un poco. A ver qué pasa.

Ah, por cierto, siempre habrá personas que critiquen duramente tu decisión de dejar de hacer tal o cual cosa. Esas personas necesitan exactamente cero de nuestro tiempo y energía. 🙂

Decir cosas a voces

La verdad es que no se me ocurrió escribir sobre este tema porque ¡me da un poco de vergüenza! Me parece algo tan evidente, tan lógico, que me da algo de cosica tratarlo aquí en el blog.

Me refiero al tema de comunicarnos a gritos con gente cercana, y no porque estemos enfadados, sino por costumbre. Dar gritos de una habitación a otra. Hablar desde la acera de enfrente. Vociferar a alguien desde la ventana mientras él está en la calle. Todos hemos hecho esto alguna vez, ¿verdad? El problema es cuando lo hacemos por sistema.

En las casas se vive una auténtica plaga de “hablar a voces”. Lo sé porque, como humano que soy, vivo con otros humanos cerca y les oigo gritarse. No se gritan porque están enfadados, se gritan sobre cosas nimias del día a día:

“TRÁEME LAS SÁBANAS”

“LIMPIA LA COCINA”

“¿HAS COMPRADO LO QUE TE PEDÍ?”

Muchas veces, al rato de hablar así, oh, milagro, acaban gritándose de mala leche. Enfadados de verdad.

Para que queda claro: mi recomendación es evitar los gritos cuando no son absolutamente necesarios. Y con necesarios me refiero a una emergencia, un accidente, una caída, algo que nos impide ir a pedir las cosas tranquilamente. Solo en esas situaciones es adecuado usar los gritos.

Cuando estamos tranquilamente tirados en el sofá y queremos algo de la cocina, donde está nuestra madre/hijo/pareja, la tentación de darle una voz es demasiado grande. ¿Qué pasa al hacer esto? Veamos:

  • Lo primero que estamos diciéndole a esa persona es “esto que te digo tampoco es tan importante, porque total, no me estoy tomando la molestia de levantarme para decírtelo…”. Eso es lo que estamos transmitiendo. Y si yo mismo no le doy suficiente importancia como para levantarme e ir a la cocina, ¿por qué iba a importarle a la otra persona? Lo normal es que no nos haga ni caso, pero…
  • …Lo segundo que logramos es crear un clima de más crispación y nerviosismo. Está demostrado que los gritos afectan a nuestro cerebro y su química. Los gritos hacen que liberemos cortisol, una hormona consecuencia del estrés, y crean en nosotros un estado de alerta y ansiedad. Aunque esos gritos sean “inofensivos” y no un ataque hacia nosotros, nuestro cerebro reacciona con cierta alarma. Asociamos los gritos a que algo va mal o a una agresión, por eso cuando nos dicen algo vociferando, por muy inocente que sea, es difícil mantener la calma. Los gritos son realmente molestos.
  • La tecera cosa que conseguimos es que no se entienda nada de lo que queremos decir. No es que la otra persona no quiera escuchar o que pase de nosotros, es una cuestión de física. Dentro de una casa el sonido rebota en muchas cosas y se pierde por completo tras recorrer muy poca distancia. Además hay muchos ruidos de aparatos eléctricos, tráfico, perros, obras… que interfieren en la recepción del mensaje. Es justo lo contrario de eso que recomiendan de “busca la situación ideal para hablar de algo importante”. O sea que muchas veces será físicamente imposible que la persona a la que le estamos pidiendo que traiga una cerveza de la cocina nos escuche y nos entienda. Como mucho, escuchará una especie de mugido animal y le entrarán ganas de tirarnos cacahuetes como a un mono enjaulado.

En resumen: si lo que queremos es crear un ambiente estresante mientras gritamos sin que nadie nos entienda, adelante, pidamos las cosas a gritos. Pero si lo que queremos es que nuestras palabras sirvan para algo, es muy sencillo: levantemonos, acerquémonos a la persona en cuestión y digamos las cosas con calma y en un tono normal. Así de sencillo.

¿Que en tu casa hay alguien que no sabe hablar sin ser gritando? Muy sencillo: no vuelvas a contestar a ninguno de esos gritos, como si no existieran. Responde tan solo cuando esa persona se haya tomado la molestia de acercarse a ti. Verás como al principio se cabrea porque su estrategia habitual no funciona y como acaba acercándose cuando quiere algo.

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¿Sobrevivir a las Navidades?

La Navidad es una de esas situaciones que nos “obliga” a hacer muchas cosas que no queremos. Se espera de nosotros que vayamos a muchos compromisos, nos llevemos bien con mucha gente y nos reencontremos con seres “queridos”. Lo cual puede ser muy agotador.

Se supone que, al igual que hicieron franceses y alemanes en la navidad de 1914, nosotros tenemos que firmar ciertas treguas durante estos días. Es decir, estar con gente con la que no queremos estar, hablar con quien no queremos, estar donde no nos apetece… En fin, un lío. Por eso quiero compartir algunos consejos para sobrevivir a estas semanas tan peculiares.

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No hagas lo que no quieras. En realidad, todos los consejos podrían resumirse en este. Nos han vendido que la Navidad es algo especialísimo y muy importante, cuando realmente solo es un cambio de año. Sí, hay mucha gente que valora estas fiestas muchísimo y pretenden que nosotros también les demos esa importancia, pero a lo mejor no nos apetece. Si realmente no quieres visitar a los suegros o cuñados, si no quieres ir a esa comida tan pesada o no quieres coincidir con los compañeros del curro, ¡no vayas! Nadie te obliga. Lo que piensen los demás de tu ausencia, si es que piensan algo, es cosa suya, no tuya. ¿Recordáis la asertividad?

Aprende a decir “no”. Otro consejo universal. Hay que decir NO a miles de cosas, como esa comida, esa cena, esa quedada para tomar el champán, las uvas de fin de año, repetir el postre horrible de tu suegra, otra copita de moscatel… No hace falta dar explicaciones ni justificarse, ni siquiera repetir NO miles de veces. Con una debería ser suficiente y el que insiste demasiado es… un pesado.

Mentalízate de que hay otros puntos de vista. No sé vosotros, pero a mí me gusta la Navidad por las comilonas (sí, me gusta comer). Y no me gustaría que una discusión de política o religión me atragantase el delicioso cordero que hace mi madre. ¿Cómo lo consigo? Pues entendiendo que estos días no son para eso. Si realmente quiero discutir con alguien, lo mejor es no hacerlo en estas fechas, sino buscar algún otro momento para hablarlo. Si cada vez que te juntas con ciertas personas en Navidad acabas discutiendo, acabarás asociando Navidad = problemas y detestándola cada vez más.

¡No gastes lo que no tienes! Parece evidente, pero los regalos en Navidad no deberían ser enormes, majestuosos y carísimos. Basta con un detalle. He visto a gente pasar penurias con tal de comprar un regalo carísimo. ¿Creéis que a la persona que lo recibe le gustaría saber lo que os ha supuesto comprarle eso? Oye, que a lo mejor le da igual, en cuyo caso mejor no volver a comprarle nada.

Ojo a la comida. Se asocia Navidad con terribles harturas de comida. Error. Sobre todo si intentas cuidar un poco lo que comes, ¿por qué no hacerlo en estas fiestas? Una cosa es permitirse algún exceso y otra es que todo diciembre y medio enero sea un exceso continuo. Aprende a decir que no a la comida y la bebida, evita pasar hambre para “compensar” la enorme cena que te espera, no repitas de todos los platos, deja algo en el plato, etc. No comas por agradar a los demás. Si cada año acabas medio muerto con los platos que te hace tu madre, igual este año hay que exigir menos comida.

– En general, tómate estas fiestas como unas vacaciones de la rutina (trabajo, estudios, etc.) y no como un compromiso. Si acabas las vacaciones más cansado y harto, algo estás haciendo mal: igual es hora de plantarse. Intenta hacer las cosas que realmente te gustan y te apetecen. Puedes ceder ante algún compromiso, pero no cedas ante todos.

El martillo, mi herramienta preferida

Psicologo Aviles Asturias

Hoy salí de casa con mi martillo.

Tengo un martillo bastante bueno, con mango ergonómico y cabeza de acero, y siempre lo llevo conmigo. Lo comprobé antes de salir de casa: miré que el mango estuviese bien recto, la cabeza pulida y sin grasa, la madera limpia. Todo bien. Me fui a la calle.

Volví a comprobarlo en el ascensor. Está bien tenerlo a mano para poder mirarlo en estos momentos de inactividad. Antes de que tuviese el martillo, me dedicaba a mirar los números pasar o a escuchar los ruidos del ascensor, o a verme en el espejo. Ahora ya no hace falta perder así el tiempo. Sí, vale, vivo en un segundo piso y tardo cinco segundos en bajar, pero aún así compruebo que el mango esté bien recto.

En la calle también me entretengo con el martillo a veces. Muchas veces, realmente. Es un alivio poder sentir su tacto en el bolsillo y poder mirarlo en cuanto me detengo en un semáforo, cuando espero en la cola de la frutería, cosas así. Me tranquiliza un poco, incluso. Algunas personas me miran raro. En fin.

¿Estará recto el mango?

Más tarde quedé con unos amigos y estuvimos tomando algo. Ninguno lleva martillo, cosa que a mí me sorprende bastante. Cada rato yo saco el mío, le miro la cabeza, las muescas del acero, los brillos que la luz le produce, los nudos de la madera… Tampoco es tanto, solo medio minuto, un minuto tal vez, pero lo hago. Luego ya me dedico a hablar, reirme, etc. Eso sí, un ratito después, a veces medio minuto después, vuelvo a sacar el martillo, a ver si el mango está bien recto. Mis amigos se extrañan con esto, la verdad. Sé que murmuran entre ellos y me miran con cara rara cada vez que saco el martillo. Hubo incluso uno o dos que dejaron de quedar tanto conmigo, y sospecho que tiene que ver con que le presto más atención al martillo que a ellos…

Es algo que no entiendo muy bien. Les parece mal que esté pendiente de una herramienta las veinticuatro horas del día, pero ellos hacen lo mismo con otra herramienta. Una electrónica, pequeña, con conexión 4G y que tienes ahora mismo cerca de ti.

Hora de comprobar si el mango de mi martillo está bien recto.

Qué hacer con la ira

La ira es un enfado desproporcionado. Cuando no podemos controlar la ira, se convierte en un problema muy importante, que puede hacernos cometer actos muy desagradables para nosotros y para los demás. Nadie quiere estar junto a personas iracundas que pueden estallar en cualquier momento. Y no se trata de que sean difíciles de soportar, se trata de una mera cuestión de supervivencia: no conviene estar junto a alguien que de un momento a otro puede ponerse a insultarnos, romper cosas y tal vez golpearnos.

Psicologia Avilés

Hay que distinguir ira de enfado. El enfado es una emoción básica natural, que puede surgir por causas más o menos justificadas. El enfado es desagradable, pero todos nos enfadamos de vez en cuando. El enfado puede ser incluso útil, por ejemplo a la hora de reclamar algo a alguien poco receptivo o para defendernos de un abuso. No todos los que se enfadan llegan a sufrir un ataque de ira.

La ira (o cólera), contrariamente al enfado, raras veces es útil. Se trata de una reacción exagerada, nociva y peligrosa. Durante un ataque de ira, la persona puede hacer daño a los que le rodean, destruir cosas, hacerse daño, etc. La ira desatada no es útil.

Lo primero que hay que saber para tratar la ira es que no aparece sin motivo. La ira suele ir acumulándose poco a poco, hasta llegar a un punto de “no retorno” en el que es ya imposible controlarla. A veces la persona iracunda tiene la impresión de que ha estallado “por una nimiedad”, pero normalmente esa nimiedad es solo la última de una cadena de nimiedades que ha ido alimentando su ira interior. Nuestros propios pensamientos sobre lo que nos pasa nos generan ira. No es lo mismo pensar “vaya, qué contrariedad” que “¡¿por qué me pasa esto a mí?!, siempre igual, estoy harto, nadie me respeta…”.

Consejos anti-ira:

  • Lo primero es detectar las causas de la ira. Observa tu comportamiento y piensa ¿en qué situaciones soy presa de la ira? ¿Con quién estoy? ¿Qué ocurre exactamente? ¿Qué pienso y siento en esos momentos? Si sabemos en qué momentos podemos ser presa de nuestra ira nos será más fácil manejarlos y estar alerta. También si detectamos pensamientos catastróficos y negativos podemos cambiarlos.
  • ¿Cuáles son las consecuencias de actuar así? ¿Nos ayuda? ¿Qué pasa a corto plazo y a largo plazo? A lo mejor estamos consiguiendo algo con nuestra ira: por ejemplo, que los demás nos den la razón. Si logramos saber qué conseguimos con nuestros cabreos, tal vez podamos conseguirlo de otra manera.
  • Practica relajación. Ya, ya sé que siempre lo digo, pero la relajación y los ejercicios de respiración nos ayudan a compensar esas subidas en nuestro nivel de enfado. Cuando hayamos practicado un tiempo a relajarnos, podremos usar esta habilidad en situaciones que normalmente nos hacen enfadar.
  • Usa formas alternativas de expresar la ira. No se trata de no enfadarnos jamás. Eso no es posible. Tampoco conviene reprimir toda expresión de enfado hasta que nos salga una úlcera. La idea es aprender a “sacar” ese enfado de otras maneras, defender nuestros derechos, pedir lo que queremos, etc. Busca alternativas, por raras o difíciles que te parezcan. Luego, intenta ponerlas en práctica. Por ejemplo, si sé que cuando alguien llega tarde le insulto y acabo teniendo un ataque de ira y rompiendo cosas, tendré que:
    • intentar dejarle claro a esa persona que queremos que llegue a la hora
    • si vuelve a tardar, simplemente irnos en vez de esperar para gritarle
    • si nos vemos capaces, decirle como nos sentimos, sin romper cosas
  • ¡Expresarnos! Nos han enseñado a reprimir lo que sentimos y no pedir lo que queremos. Desde pequeños nos dicen que es malo sentirse triste, enfadado o nervioso, cuando realmente son emociones básicas que no podemos no tener. La clave está en reconocer estas emociones cuando aparecen y aprender a expresarlas, y eso lo podemos hacer simplemente con “mensajes-yo”. O sea, diciendo: cuando llegas tarde, yo me siento muy cabreado. Por favor, no vuelvas a hacerlo”.

Cuando el trabajo nos agobia

Tal vez el verbo “agobiar” no sea el más indicado. Quiero hablar de cómo nuestro trabajo puede convertirse en un sinvivir muy gordo y puede influirnos muy negativamente en todas las áreas de la vida.

Todos hemos oido hablar del estrés laboral. El estrés se produce cuando pasamos demasiado tiempo expuestos a una situación que nos supera. En un principio lo llevamos más o menos bien, pero poco a poco vamos agotándonos y acabamos muy mal. Ojo, porque no me refiero a ese agobio que todos tenemos de vez en cuando ante alguna situación puntual. Eso es normal y podemos manejarlo bien. El estrés se produce cuando esa situación se mantiene mucho tiempo, sin darnos tiempo a descansar o a relajarnos. El estrés puede deberse a muchos factores:

  • malas condiciones laborales (horarios larguísimos, poca organización, no saber muy bien cuál es nuestra función, incumplimiento de leyes y convenios, etc.)
  • malas relaciones laborales: mal ambiente, jefes terribles, acoso…
  • inseguridad: sentirse inseguro en el trabajo es una experiencia muy desagradable
  • expectativas: cuando nuestro trabajo no se corresponde con lo que esperábamos que fuese solemos sentirnos bastante mal
  • incapacidad de desconectar: muchas personas se llevan el trabajo a casa, no tienen tiempo a dedicarse a otras cosas, se pasan el día agobiados y corriendo de un lado a otro…

Las consecuencias del estrés, mantenido en el tiempo, pueden ser devastadoras:

  • reduce la esperanza de vida (se dice que hasta 8 años) porque crea o favorece diversas enfermedades y dolencias. El que sufre estrés es más vulnerable a casi todo
  • nos crea una gran ansiedad que nos invade durante todo el día, incluso en casa. Esa sensación de opresión en el pecho, dificultad para respirar, nervios, insomnio, dolores musculares… son síntomas relacionados con la ansiedad
  • nos hace irritables, distraidos e incapaces de enfrentarnos incluso a los retos más sencillos del día a día
  • perjudica mucho a nuestra relaciones sociales
  • nos hace lo peor que puede hacernos un trabajo: que seamos infelices.
Estrés trabajo

Viñeta de Eneko

¿Qué hacer con todo esto? Ante todo quiero aclarar dos cosas que me parecen fundamentales.

La primera es que muchas de las cosas de las que hemos hablado (ver los factores del estrés laboral) no se resuelven en un psicólogo, sino en un abogado o un sindicato. Un psicólogo no va a hacer que te paguen las horas extras o que te parezca maravilloso que tu jefe te acose. La inspección de trabajo o un juez, tal vez sí. Si consientes que en tu trabajo incumplan las muchas leyes que deben cumplir, entonces lo lógico es que el principal perjudicado seas tú, a todos los niveles. Por eso lo primero que recomendaría es informarse sobre las posibilidades que tenemos a nivel legal. Exigir que las condiciones sean las que marca la ley es nuestro derecho, no es un favor que nos hace la empresa.

La segunda es que tu trabajo es opcional. Ya, ya sé que hay que trabajar para vivir, eso en pincipio no va a cambiar. Pero no necesitas dedicarte a ese trabajo en particular, hay otros. A lo mejor quieres dedicarte a lo mismo pero en otra empresa, o quieres dedicarte a ese trabajo que siempre quisiste hacer pero no te atreviste, o quieres hacer como Kevin Spacey en American Beauty y renunciar a la responsabilidad para dedicarte a algo más simple y vivir más la vida. Adelante con ello. Es tu decisión.

Aclarado esto, algún consejo para superar el estrés laboral:

  • tener claro que necesitamos poner de nuestra parte para cuidarnos. La paz interior no nos llegará por un milagro o sin hacer nada: debemos trabajar un poco para conseguirla. Esto implica algún cambio en nuestra vida.
  • es fundamental hacer alguna actividad fuera del trabajo que no tenga absolutamente nada que ver con éste. Si puede ser al poco de acabar la jornada, mejor. Esta actividad nos ayudará a poner punto final a la jornada y cambiar al “modo descanso”. Puede ser un deporte, una actividad tranquila como leer, tomar algo con los amigos (vale, no es lo ideal usar unas cañas como relajación), etc.
  • relacionado con lo anterior, nada de llevarse trabajo a casa. Una vez salgamos por la puerta debemos dejar claro que no se puede contar con nosotros. Evidentemente, hay que hacerlo saber en la empresa.
  • tenemos que distinguir lo que podemos cambiar en nuestro trabajo y lo que no. Como he dicho más arriba, habrá cosas que no dependen de nosotros. Intentar cambiarlas es perder el tiempo y frustrarnos. Otras cosas, en especial cómo me comporto, qué hago y qué digo, sí que podemos controlarlas.
  • relajación, relajación y más relajación. Busca alguna técnica de relajación, yoga, mindfulness, meditación… Hay miles de vídeos disponibles. Ve a un psicólogo una o dos veces a que te enseñe una técnica útil. Si la practicas día tras día bajará tu nivel de estrés y podrás relajarte más fácilmente en momentos de más ansiedad.
  • mejora tus habilidades de comunicación. Muchos de los problemas en el trabajo vienen de nuestra relación con compañeros y jefes, y muchas de las soluciones implican hablar con unos y otros. Necesitamos, por tanto, vernos seguros para decir las cosas, pedir lo que queremos, negarnos a hacer más horas, etc. Es un tema tan extenso que no puedo tratarlo aquí, pero si echáis un ojo a mis artículos sobre asertividad y comunicación os hacéis una idea.
  • ¡bebe menos café y consume menos azúcar!

Un psicólogo profesional puede ayudaros a llevar mejor una situación de estrés laboral o a tomar la decisión final de dejar esa actividad y dedicaros a otra cosa.

 

¡No te disculpes! (si no quieres)

Me estoy dando cuenta de algo que ocurre en internet (y también fuera de él) cada vez más: nos pasamos más tiempo dando explicaciones sobre lo que opinamos que diciendo lo que opinamos. Creo que queda perfectamente explicado en esta viñeta que me he encontrado:

Tu psicólogo en Avilés

Parece que tenemos terror a que la gente se ofenda o se tome a mal lo que le estamos diciendo, aunque lo que digamos sea algo sin la más mínima importancia. Pero a la vez, resulta que estamos comunicándonos con gente que suele ser desconocida, a través de foros, grupos de facebook, etc. ¿Qué es lo peor que puede pasar? ¿Que alguien a quien ni siquiera conocemos en persona se enfade con nosotros? Bueno, no parece tan grave. Después de todo, el enfado es cosa suya.

En la actualidad hay una auténtica cultura de la ofensa: todo el mundo se ofende y reacciona exageradamente ante cualquier cosa, por estúpida que sea. Por todas partes nos llegan ejemplos de esta “cultura de la riña”: en la tele vemos programas donde lo único que hacen es discutir unos con otros, los políticos se pasan el día echándose cosas en cara y enfrentados (aunque sea de mentirijillas), cada día vemos peticiones absurdas por parte de supuestos colectivos que se sienten agraviados por alguna estupìdez. O sea: nos venden que no estar de acuerdo con alguien es importantísimo y hay que dedicarle muchísimo tiempo a defender nuestros supuestos derechos.

No lo es. Son cosas que pasan. Sí, hay que defender nuestros derechos, pero nunca vamos a estar de acuerdo con todo el mundo.

Un efecto secundario de todo esto es que nos hacen creer que todas las ofensas y enfados son igualmente válidos, y no lo son. No comparemos a alguien que se enfada porque se ríen de su madre muerta (por poner un ejemplo bestial) con alguien que se ofende porque un desconocido dice que no le gustan los cuadros de Picasso. El primero al menos merece una disculpa. El segundo debería obtener cero atención. Pero no, vivimos con el temor a ofender a alguien, porque nos enseñan que eso es algo terrible e importantísimo, y a lo mejor aparece la Asociación Nacional de Desconocidos Enfadados y me denuncia…

Pues bien, probad a hacer lo siguiente: cuando haya algo que opinar, decid lo que opináis, sin más. No os justifiquéis. No deis explicaciones. No pidáis disculpas. Son los demás los que deciden cómo se toman vuestra opinión, y si se ofenden o enfadan, es cosa suya.

Ejemplo. Si queréis decir:

“no me gusta nada el cine de Stanley Kubrick”

No hace ninguna falta decir:

“me vas a perdonar, pero creo que Kubrick está muy sobrevalorado. Ya sé que muchos críticos coinciden en que es un gran director y sus películas están entre las mejores. No quiero decir que no tenga cosas buenas y algunas de sus escenas sean geniales. Pero a lo mejor habría que plantearse que bla, bla, bla…”

Evidentemente, esto no significa que haya que andar insultando a la gente sin remordimientos. Pero no os disculpéis por tener opiniones distintas. Es vuestro derecho.