El martillo, mi herramienta preferida

Psicologo Aviles Asturias

Hoy salí de casa con mi martillo.

Tengo un martillo bastante bueno, con mango ergonómico y cabeza de acero, y siempre lo llevo conmigo. Lo comprobé antes de salir de casa: miré que el mango estuviese bien recto, la cabeza pulida y sin grasa, la madera limpia. Todo bien. Me fui a la calle.

Volví a comprobarlo en el ascensor. Está bien tenerlo a mano para poder mirarlo en estos momentos de inactividad. Antes de que tuviese el martillo, me dedicaba a mirar los números pasar o a escuchar los ruidos del ascensor, o a verme en el espejo. Ahora ya no hace falta perder así el tiempo. Sí, vale, vivo en un segundo piso y tardo cinco segundos en bajar, pero aún así compruebo que el mango esté bien recto.

En la calle también me entretengo con el martillo a veces. Muchas veces, realmente. Es un alivio poder sentir su tacto en el bolsillo y poder mirarlo en cuanto me detengo en un semáforo, cuando espero en la cola de la frutería, cosas así. Me tranquiliza un poco, incluso. Algunas personas me miran raro. En fin.

¿Estará recto el mango?

Más tarde quedé con unos amigos y estuvimos tomando algo. Ninguno lleva martillo, cosa que a mí me sorprende bastante. Cada rato yo saco el mío, le miro la cabeza, las muescas del acero, los brillos que la luz le produce, los nudos de la madera… Tampoco es tanto, solo medio minuto, un minuto tal vez, pero lo hago. Luego ya me dedico a hablar, reirme, etc. Eso sí, un ratito después, a veces medio minuto después, vuelvo a sacar el martillo, a ver si el mango está bien recto. Mis amigos se extrañan con esto, la verdad. Sé que murmuran entre ellos y me miran con cara rara cada vez que saco el martillo. Hubo incluso uno o dos que dejaron de quedar tanto conmigo, y sospecho que tiene que ver con que le presto más atención al martillo que a ellos…

Es algo que no entiendo muy bien. Les parece mal que esté pendiente de una herramienta las veinticuatro horas del día, pero ellos hacen lo mismo con otra herramienta. Una electrónica, pequeña, con conexión 4G y que tienes ahora mismo cerca de ti.

Hora de comprobar si el mango de mi martillo está bien recto.

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Qué hacer con la ira

La ira es un enfado desproporcionado. Cuando no podemos controlar la ira, se convierte en un problema muy importante, que puede hacernos cometer actos muy desagradables para nosotros y para los demás. Nadie quiere estar junto a personas iracundas que pueden estallar en cualquier momento. Y no se trata de que sean difíciles de soportar, se trata de una mera cuestión de supervivencia: no conviene estar junto a alguien que de un momento a otro puede ponerse a insultarnos, romper cosas y tal vez golpearnos.

Psicologia Avilés

Hay que distinguir ira de enfado. El enfado es una emoción básica natural, que puede surgir por causas más o menos justificadas. El enfado es desagradable, pero todos nos enfadamos de vez en cuando. El enfado puede ser incluso útil, por ejemplo a la hora de reclamar algo a alguien poco receptivo o para defendernos de un abuso. No todos los que se enfadan llegan a sufrir un ataque de ira.

La ira (o cólera), contrariamente al enfado, raras veces es útil. Se trata de una reacción exagerada, nociva y peligrosa. Durante un ataque de ira, la persona puede hacer daño a los que le rodean, destruir cosas, hacerse daño, etc. La ira desatada no es útil.

Lo primero que hay que saber para tratar la ira es que no aparece sin motivo. La ira suele ir acumulándose poco a poco, hasta llegar a un punto de “no retorno” en el que es ya imposible controlarla. A veces la persona iracunda tiene la impresión de que ha estallado “por una nimiedad”, pero normalmente esa nimiedad es solo la última de una cadena de nimiedades que ha ido alimentando su ira interior. Nuestros propios pensamientos sobre lo que nos pasa nos generan ira. No es lo mismo pensar “vaya, qué contrariedad” que “¡¿por qué me pasa esto a mí?!, siempre igual, estoy harto, nadie me respeta…”.

Consejos anti-ira:

  • Lo primero es detectar las causas de la ira. Observa tu comportamiento y piensa ¿en qué situaciones soy presa de la ira? ¿Con quién estoy? ¿Qué ocurre exactamente? ¿Qué pienso y siento en esos momentos? Si sabemos en qué momentos podemos ser presa de nuestra ira nos será más fácil manejarlos y estar alerta. También si detectamos pensamientos catastróficos y negativos podemos cambiarlos.
  • ¿Cuáles son las consecuencias de actuar así? ¿Nos ayuda? ¿Qué pasa a corto plazo y a largo plazo? A lo mejor estamos consiguiendo algo con nuestra ira: por ejemplo, que los demás nos den la razón. Si logramos saber qué conseguimos con nuestros cabreos, tal vez podamos conseguirlo de otra manera.
  • Practica relajación. Ya, ya sé que siempre lo digo, pero la relajación y los ejercicios de respiración nos ayudan a compensar esas subidas en nuestro nivel de enfado. Cuando hayamos practicado un tiempo a relajarnos, podremos usar esta habilidad en situaciones que normalmente nos hacen enfadar.
  • Usa formas alternativas de expresar la ira. No se trata de no enfadarnos jamás. Eso no es posible. Tampoco conviene reprimir toda expresión de enfado hasta que nos salga una úlcera. La idea es aprender a “sacar” ese enfado de otras maneras, defender nuestros derechos, pedir lo que queremos, etc. Busca alternativas, por raras o difíciles que te parezcan. Luego, intenta ponerlas en práctica. Por ejemplo, si sé que cuando alguien llega tarde le insulto y acabo teniendo un ataque de ira y rompiendo cosas, tendré que:
    • intentar dejarle claro a esa persona que queremos que llegue a la hora
    • si vuelve a tardar, simplemente irnos en vez de esperar para gritarle
    • si nos vemos capaces, decirle como nos sentimos, sin romper cosas
  • ¡Expresarnos! Nos han enseñado a reprimir lo que sentimos y no pedir lo que queremos. Desde pequeños nos dicen que es malo sentirse triste, enfadado o nervioso, cuando realmente son emociones básicas que no podemos no tener. La clave está en reconocer estas emociones cuando aparecen y aprender a expresarlas, y eso lo podemos hacer simplemente con “mensajes-yo”. O sea, diciendo: cuando llegas tarde, yo me siento muy cabreado. Por favor, no vuelvas a hacerlo”.

Cuando el trabajo nos agobia

Tal vez el verbo “agobiar” no sea el más indicado. Quiero hablar de cómo nuestro trabajo puede convertirse en un sinvivir muy gordo y puede influirnos muy negativamente en todas las áreas de la vida.

Todos hemos oido hablar del estrés laboral. El estrés se produce cuando pasamos demasiado tiempo expuestos a una situación que nos supera. En un principio lo llevamos más o menos bien, pero poco a poco vamos agotándonos y acabamos muy mal. Ojo, porque no me refiero a ese agobio que todos tenemos de vez en cuando ante alguna situación puntual. Eso es normal y podemos manejarlo bien. El estrés se produce cuando esa situación se mantiene mucho tiempo, sin darnos tiempo a descansar o a relajarnos. El estrés puede deberse a muchos factores:

  • malas condiciones laborales (horarios larguísimos, poca organización, no saber muy bien cuál es nuestra función, incumplimiento de leyes y convenios, etc.)
  • malas relaciones laborales: mal ambiente, jefes terribles, acoso…
  • inseguridad: sentirse inseguro en el trabajo es una experiencia muy desagradable
  • expectativas: cuando nuestro trabajo no se corresponde con lo que esperábamos que fuese solemos sentirnos bastante mal
  • incapacidad de desconectar: muchas personas se llevan el trabajo a casa, no tienen tiempo a dedicarse a otras cosas, se pasan el día agobiados y corriendo de un lado a otro…

Las consecuencias del estrés, mantenido en el tiempo, pueden ser devastadoras:

  • reduce la esperanza de vida (se dice que hasta 8 años) porque crea o favorece diversas enfermedades y dolencias. El que sufre estrés es más vulnerable a casi todo
  • nos crea una gran ansiedad que nos invade durante todo el día, incluso en casa. Esa sensación de opresión en el pecho, dificultad para respirar, nervios, insomnio, dolores musculares… son síntomas relacionados con la ansiedad
  • nos hace irritables, distraidos e incapaces de enfrentarnos incluso a los retos más sencillos del día a día
  • perjudica mucho a nuestra relaciones sociales
  • nos hace lo peor que puede hacernos un trabajo: que seamos infelices.
Estrés trabajo

Viñeta de Eneko

¿Qué hacer con todo esto? Ante todo quiero aclarar dos cosas que me parecen fundamentales.

La primera es que muchas de las cosas de las que hemos hablado (ver los factores del estrés laboral) no se resuelven en un psicólogo, sino en un abogado o un sindicato. Un psicólogo no va a hacer que te paguen las horas extras o que te parezca maravilloso que tu jefe te acose. La inspección de trabajo o un juez, tal vez sí. Si consientes que en tu trabajo incumplan las muchas leyes que deben cumplir, entonces lo lógico es que el principal perjudicado seas tú, a todos los niveles. Por eso lo primero que recomendaría es informarse sobre las posibilidades que tenemos a nivel legal. Exigir que las condiciones sean las que marca la ley es nuestro derecho, no es un favor que nos hace la empresa.

La segunda es que tu trabajo es opcional. Ya, ya sé que hay que trabajar para vivir, eso en pincipio no va a cambiar. Pero no necesitas dedicarte a ese trabajo en particular, hay otros. A lo mejor quieres dedicarte a lo mismo pero en otra empresa, o quieres dedicarte a ese trabajo que siempre quisiste hacer pero no te atreviste, o quieres hacer como Kevin Spacey en American Beauty y renunciar a la responsabilidad para dedicarte a algo más simple y vivir más la vida. Adelante con ello. Es tu decisión.

Aclarado esto, algún consejo para superar el estrés laboral:

  • tener claro que necesitamos poner de nuestra parte para cuidarnos. La paz interior no nos llegará por un milagro o sin hacer nada: debemos trabajar un poco para conseguirla. Esto implica algún cambio en nuestra vida.
  • es fundamental hacer alguna actividad fuera del trabajo que no tenga absolutamente nada que ver con éste. Si puede ser al poco de acabar la jornada, mejor. Esta actividad nos ayudará a poner punto final a la jornada y cambiar al “modo descanso”. Puede ser un deporte, una actividad tranquila como leer, tomar algo con los amigos (vale, no es lo ideal usar unas cañas como relajación), etc.
  • relacionado con lo anterior, nada de llevarse trabajo a casa. Una vez salgamos por la puerta debemos dejar claro que no se puede contar con nosotros. Evidentemente, hay que hacerlo saber en la empresa.
  • tenemos que distinguir lo que podemos cambiar en nuestro trabajo y lo que no. Como he dicho más arriba, habrá cosas que no dependen de nosotros. Intentar cambiarlas es perder el tiempo y frustrarnos. Otras cosas, en especial cómo me comporto, qué hago y qué digo, sí que podemos controlarlas.
  • relajación, relajación y más relajación. Busca alguna técnica de relajación, yoga, mindfulness, meditación… Hay miles de vídeos disponibles. Ve a un psicólogo una o dos veces a que te enseñe una técnica útil. Si la practicas día tras día bajará tu nivel de estrés y podrás relajarte más fácilmente en momentos de más ansiedad.
  • mejora tus habilidades de comunicación. Muchos de los problemas en el trabajo vienen de nuestra relación con compañeros y jefes, y muchas de las soluciones implican hablar con unos y otros. Necesitamos, por tanto, vernos seguros para decir las cosas, pedir lo que queremos, negarnos a hacer más horas, etc. Es un tema tan extenso que no puedo tratarlo aquí, pero si echáis un ojo a mis artículos sobre asertividad y comunicación os hacéis una idea.
  • ¡bebe menos café y consume menos azúcar!

Un psicólogo profesional puede ayudaros a llevar mejor una situación de estrés laboral o a tomar la decisión final de dejar esa actividad y dedicaros a otra cosa.

 

¡No te disculpes! (si no quieres)

Me estoy dando cuenta de algo que ocurre en internet (y también fuera de él) cada vez más: nos pasamos más tiempo dando explicaciones sobre lo que opinamos que diciendo lo que opinamos. Creo que queda perfectamente explicado en esta viñeta que me he encontrado:

Tu psicólogo en Avilés

Parece que tenemos terror a que la gente se ofenda o se tome a mal lo que le estamos diciendo, aunque lo que digamos sea algo sin la más mínima importancia. Pero a la vez, resulta que estamos comunicándonos con gente que suele ser desconocida, a través de foros, grupos de facebook, etc. ¿Qué es lo peor que puede pasar? ¿Que alguien a quien ni siquiera conocemos en persona se enfade con nosotros? Bueno, no parece tan grave. Después de todo, el enfado es cosa suya.

En la actualidad hay una auténtica cultura de la ofensa: todo el mundo se ofende y reacciona exageradamente ante cualquier cosa, por estúpida que sea. Por todas partes nos llegan ejemplos de esta “cultura de la riña”: en la tele vemos programas donde lo único que hacen es discutir unos con otros, los políticos se pasan el día echándose cosas en cara y enfrentados (aunque sea de mentirijillas), cada día vemos peticiones absurdas por parte de supuestos colectivos que se sienten agraviados por alguna estupìdez. O sea: nos venden que no estar de acuerdo con alguien es importantísimo y hay que dedicarle muchísimo tiempo a defender nuestros supuestos derechos.

No lo es. Son cosas que pasan. Sí, hay que defender nuestros derechos, pero nunca vamos a estar de acuerdo con todo el mundo.

Un efecto secundario de todo esto es que nos hacen creer que todas las ofensas y enfados son igualmente válidos, y no lo son. No comparemos a alguien que se enfada porque se ríen de su madre muerta (por poner un ejemplo bestial) con alguien que se ofende porque un desconocido dice que no le gustan los cuadros de Picasso. El primero al menos merece una disculpa. El segundo debería obtener cero atención. Pero no, vivimos con el temor a ofender a alguien, porque nos enseñan que eso es algo terrible e importantísimo, y a lo mejor aparece la Asociación Nacional de Desconocidos Enfadados y me denuncia…

Pues bien, probad a hacer lo siguiente: cuando haya algo que opinar, decid lo que opináis, sin más. No os justifiquéis. No deis explicaciones. No pidáis disculpas. Son los demás los que deciden cómo se toman vuestra opinión, y si se ofenden o enfadan, es cosa suya.

Ejemplo. Si queréis decir:

“no me gusta nada el cine de Stanley Kubrick”

No hace ninguna falta decir:

“me vas a perdonar, pero creo que Kubrick está muy sobrevalorado. Ya sé que muchos críticos coinciden en que es un gran director y sus películas están entre las mejores. No quiero decir que no tenga cosas buenas y algunas de sus escenas sean geniales. Pero a lo mejor habría que plantearse que bla, bla, bla…”

Evidentemente, esto no significa que haya que andar insultando a la gente sin remordimientos. Pero no os disculpéis por tener opiniones distintas. Es vuestro derecho.

 

Blue Monday, un día como otro cualquiera

Seré breve: hoy no es el día más triste del año. La tristeza es algo subjetivo que cada persona experimenta de una forma particular.

El Blue Monday (“lunes triste”) es un día absurdo inventado para una campaña publicitaria del programa británico de TV Sky Travel en 2005. La compañía escribió un supuesto estudio, que luego presentó a diversos profesionales, ofreciéndoles dinero a cambio de poner su firma en el. De esta forma podrían darle al “estudio” un aire de credibilidad. Finalmente fue el psicólogo y coach Cliff Arnall quien se prestó a ello. Supongo que necesitaría el dinero. Este estudio se publicó y muchos lo dieron por bueno. Sky Travel aprovechó el hecho de que Arnall había trabajado en la universidad de Cardiff para dar más empaque al engaño, pero la universidad pronto anunció en The Guardian que

“Cliff Arnall… fue profesor a tiempo parcial en la universidad pero se fue en Febrero” [antes de publicarse el “estudio”]

Además de todo esto, que ya debería hacernos dudar de la verosimilitud de cualquier publicación, el estudio era absurdo. Afirmaba que el día más triste del año es el lunes de la última semana de enero y lo calculaba usando la siguiente fórmula:

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Tt = tiempo gastado en viajes o desplazamientos; D = retrasos; C = tiempo dedicado a actividades culturales; R = tiempo de relax; ZZ = tiempo durmiendo; St = tiempo que estamos estresados; P = tiempo haciendo maletas; Pr = tiempo preparando cosas.

En 2009, Arnall presentó una fórmula aún más ridícula:

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donde W= tiempo atmosférico, D= nuestras deudas, d= salario, T=tiempo desde Navidad, Q= tiempo desde que hemos incumplido nuestros propósitos de año nuevo, M= bajo nivel motivacional y Na= sensación de que necesitamos hacer cambios. Absurdo. ¿Cómo se mide todo esto? ¿Cómo se pueden meter en una misma fórmula conceptos tan diferentes? Es como dividir kilogramos entre minutos y multiplicarlos por amperios. Nos dará una cifra, pero una cifra sin sentido ni significado alguno.

El concepto de Blue Monday es risible y no científico. Se trata de un invento publicitario. Lo curioso es que miles de medios de comunicación han presentado hoy la noticia como si fuese verdad, como si realmente pudiera medirse la tristeza de un día y como si hoy fuese un día especial. Y no lo es.

“Tienes derecho a TODO… o no”

Quiero hablar sobre algo propio del siglo XXI que causa numerosos quebraderos de cabeza. Aviso, no os esperéis una revelación profética que cambie vuestra visión del mundo u os haga más felices. Son simplemente reflexiones que yo me hago y que a lo mejor hacen pensar un poco a alguien, así que las comparto.

Reflexionaba yo el otro día sobre dos cosas. La primera: una conocida tienda de electrónica nos dice en su publicidad que “tenemos derecho a  TODO” (o algo así, como no tengo tele no lo he visto suficientes veces). El mismo mensaje se repite, con más o menos sutileza, en publicidad y anuncios diversos. Tenemos derecho a tenerlo todo, y si no lo tenemos debemos exigirlo. La segunda: unos jovenes han subido a un puerto de montaña cercano con su coche, en plena ventisca, ignorando todas las medidas de seguridad que se tomaron. Evidentemente, se quedaron atrapados por la nieve y tuvieron que pedir rescate, que en un primer momento no se les pudo dar. Luego sí, al día siguiente salieron de allí denunciando el trato que se les dio desde el 112. No fueron los únicos que hicieron algo parecido.

¿Qué tienen que ver estas dos cosas?, os oigo preguntaros. Puede que nada. Igual es cosa mía. O puede que sí tengan algo de relación. Nos han vendido tan insistentemente la idea de que tenemos derecho a todos nuestros caprichos que nos acabamos convenciendo de que podemos poner en práctica hasta las ideas más descabelladas. No solo eso, sino que en caso de fracasar exigimos que alguien venga a sacarnos del embrollo y nos indigna que no lo hagan. ¿No sorprende ver tantos casos de gente atrapada por la nieve en montes remotos? ¿Atrapados por un golpe de mar tras acercarse demasiado al mar en un temporal? ¿Comportándose de formas aparentemente suicidas o estúpidas? Nos creemos tanto el rollo de que el mundo es nuestro que no dudamos en hacer burradas. ¿Que sale mal? No pasa nada: le exijo al servicio de emergencias, al estado, a los jueces o a mis padres. Lo que sea con tal de eludir la responsabilidad, escurrir el bulto y que alguien me saque del problema en el que yo mismo me he metido.

Este siglo bien podría llamarse en el futuro La Era de la Irresponsabilidad.

Luego están las personas que desean que esos irresponsables fallezcan con dolor como castigo a sus decisiones, cosa que tampoco entiendo muy bien. Y estremece un poco, la verdad. Pero eso es otra historia.

Psicologo Aviles

Los regalos de los niños

Se acercan las navidades y, como en todas las fiestas, hay cosas buenas y no tan buenas. Uno de los temas que más se suelen debatir es la cantidad de regalos que hacemos a nuestros hijos. También podríamos hablar de la cantidad de regalos de nuestras parejas o hermanos, pero me interesa hablar de los más pequeños.

Os voy adelantando el final de este artículo: hacemos demasiados regalos a los niños.

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Cada año aparecen estudios sobre lo que los padres se gastan en cada hijo, y es muchísimo. Se ha observado que algunos niños reciben diez veces más regalos de los que necesitan por navidad. Pero ¿cómo saber lo que necesitan? ¿Cuánto es adecuado y cuánto es demasiado?

En los últimos años se ha puesto de moda seguir la regla de los cuatro regalos. Se trata de una iniciativa que surgió de padres que, sencillamente, querían que sus hijos recibiesen una cantidad razonable de regalos. No es, por supuesto, una regla estricta, sino una orientación. La idea es que el niño reciba cuatro regalos:

  • Algo que realmente desee (un juguete o accesorio que le guste mucho)
  • Algo para leer (libros, cuentos…)
  • Algo que necesite (una nueva mochila, una tienda de campaña si va de acampada, equipo deportivo, una cama nueva…)
  • Algo para ponerse (un abrigo, zapatos, su primera cazadora “de mayor”…)

Y ya está. Esos son los regalos que el niño recibirá por navidades (también de abuelos y otros familiares). Se trata de que sean cosas excepcionales, fuera de lo normal, pero a la vez que el niño pueda usar. Los padres que han empezado a usar esta guía gastan mucho menos dinero y los niños valoran más sus regalos.

No hay por qué seguir ninguna guía estricta sobre regalos, porque no existe. Solo se puede orientar a los padres. Pero echemos un vistazo a las consecuencias de regalar demasiadas cosas a nuestros hijos (niños hiper-regalados):

  • El niño que siempre recibe todo aquello que quiere acabará teniendo muy baja tolerancia a la frustración. No aceptará un no por respuesta, siempre querrá salirse con la suya y creerá que lo más natural del mundo es que le den aquello que desee en cada momento.
  • El niño se tomará los regalos como una competición con los demás. Es fácil que confundan la valía de una persona con el número de juguetes o cosas que posee (una trampa en la que caen muchísimos adultos).
  • Cuantos más juguetes tenga un niño, menos valorará cada uno de ellos. Es difícil que cien juguetes reciban el mismo amor que diez.
  • Recibir siempre todo lo que quiere no ayuda al niño a conocer el valor de las cosas. Crearemos en él la idea de que las cosas son fáciles y gratis de reemplazar, dándole una falsa idea del valor del dinero.
  • En poco tiempo el niño caerá en la trampa del consumismo: necesitará cada vez más cosas nuevas y que llamen más su atención para emocionarse con ellas. Pero esa emoción le durará muy poco tiempo, porque enseguida necesitará un nuevo juguete…
  • Cuando el niño se convierta en joven y empiece a pedir coches y móviles de mil euros, tendremos un problema mucho más caro.

Es importante que el resto de la familia esté enterada de nuestra política de regalos. Habrá que decírselo a los abuelos, que suelen malcriar más a los niños (no lo digo en mal sentido). Les expondremos las cosas que queremos que reciban nuestros hijos y qué queremos que les regalen ellos, sin más. ¿Y qué hacer en caso de que no nos hagan caso y tiren la casa por la ventana con los regalos? Tenemos varias opciones:

  • Devolverlos. Seguro que el año que viene no lo repiten.
  • Donarlos. Hablar con el niño y explicarle que como tiene muchos juguetes y algunos no los usa, puede dárselos a algún niño o asociación que los necesite. Dejemos, mejor, que el niño tome esta decisión.
  • Dosificarlos: Podemos guardarnos algunos de los regalos para más adelante, cuando el niño haya disfrutado de los demás.

Todo esto son solo ideas orientativas. Corresponde a cada familia decidir cuántos regalos van a dejar los Reyes Magos en casa.

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T.O.C. de amores

¿Qué es el T.O.C. de amores?, os oigo preguntar. Pues es algo muy frecuente que afecta a personas con pareja: se trata de un pensamiento obsesivo sobre si queremos o no a nuestra pareja, y sobre si ese amor es “correcto” o no. “T.O.C.” significa Trastorno Obsesivo-Compulsivo. Hay muchos tipos de T.O.C., como por ejemplo los de limpieza, los religiosos o los que tienen que ver con hacer daño a otras personas. No existe un diagnóstico que sea “T.O.C. de amores” pero últimamente se ha popularizado mucho la expresión y considero que es acertada. La persona se pregunta continuamente cosas como:

  • ¿estoy seguro de querer a mi pareja?
  • ¿cómo sé que esto que siento no es pasajero o es otra cosa?
  • ¿la estaré queriendo “como debe hacerse”?, ¿lo estaré haciendo bien?
  • ¿y si en vez de amor es otra cosa? ¿Y si solo me gusta su físico? ¿Y si no es suficiente? ¿Y si…?

TOC de amores Avilés

Lógicamente esto es una tortura para la persona que sufre T.O.C. de amores, que intenta por todos los medios comprobar o dejar claro si realmente quiere a su pareja. Pregunta a sus amigos, busca por internet, entra en foros para ver otras experiencias, lee libros… Todas estas conductas sirven para tranquilizarla momentáneamente, pero pronto vuelven a aparecer las dudas y con ellas el sufrimiento. A la larga mantienen el problema.

Hay que tener en cuenta que el T.O.C. de amores no tiene nada que ver con el desamor o con no querer a la pareja. Es un problema de pensamientos, como todas las obsesiones: aparece un pensamiento que nos afecta (“no quiero a mi pareja”) y tratamos de reducir esa ansiedad con alguna conducta (por ejemplo, leer sobre el amor, preguntar a nuestros amigos, etc). Aunque esto nos calma un rato, el pensamiento vuelve… y nos obliga a hacer más comprobaciones. Un lío, vamos.

Lo mejor que se puede hacer con cualquier T.O.C. es dejar de hacer esas conductas de comprobación y restarle importancia a esos pensamientos que nos causan ansiedad. Hay que tener en cuenta que los pensamientos son solo eso, contenidos que están en nuestra cabeza y que a veces aparecen sin haberlos llamado y, encima, son desagradables. Yo puedo querer mucho a mi pareja, pero podría pensar en divorciarme de ella, sin que me divorcie en la vida real o sin quererla menos. Incluso podría entretenerme con la idea y crear una fantasía en la que yo estoy divorciado, porque son mis pensamientos: yo los controlo, no ellos a mí. Una vez que entendamos esto, es más fácil dejar de sentir tanta ansiedad cuando pienso “tal vez no quiera a mi novio/a” y por tanto podremos dejar de hacer esas comprobaciones tan molestas para calmarnos. ¡Basta de buscar en foros, de ver El Diario de Noa o de preguntar una y otra vez a los amigos si creen que queremos a nuestra pareja! Si quieres tranquilizarte, practica relajación, distráete, busca alguna actividad para cuando lleguen esos pensamientos, escríbelos y luego quémalos… Hay mil alternativas en vez de intentar dar respuesta a una pregunta imposible: “¿quiero a mi pareja como hay que quererla?”. Por cierto, aprovecho para decir que los mitos del amor romántico, el cine, la literatura, el arte, los mensajes que recibimos de pequeños, en fin, casi toda la cultura, crean esa idea de que hay un “amor verdadero” que debe ser de una determinada forma y no de otras. Nos están vendiendo que si nos desviamos de esa “norma” lo estamos haciendo mal. La realidad es que eso del “amor verdadero” es una mera fantasía.

Con la ayuda de un psicólogo, esotos problemas tienen buen pronóstico. En consulta pueden aprenderse las técnicas necesarias para enfrentarse con éxito a esos pensamientos tan obsesivos. Si crees que necesitas ayuda con ellos, ¿por qué no ponerte en contacto conmigo?

 

Cuándo dar la paga a los niños

¿Cuándo empiezo a darle la paga a mi hijo? ¿Cuanto le doy? ¿Cómo ayudarlo a que la use con cabeza?

Los expertos estamos de acuerdo en que conviene empezar a dar la paga cuando los niños aprenden a sumar y restar, alrededor de los 7 años. Así pueden aplicar sus conocimientos matemáticos recién estrenados a la vida real, lo cual también le motivará.

Antes incluso de empezar a darle la paga, desde pequeñito, es importante familiarizar al niño con el concepto de dinero, de ahorro y de gasto responsable. Por suerte o por desgracia, el dinero es algo que no podemos eliminar de nuestras vidas; por lo tanto, conviene enseñarles rápido a usarlo con cabeza, a aprender que no es infinito, a gestionarlo adecuadamente y a no convertirlo en el centro de sus vidas.

Lo mejor es empezar con cantidades muy pequeñas, uno, dos o tres euros a la semana. Es más fácil para el niño administrar el dinero una semana que un mes. A medida que vayan cumpliendo años, conviene ir aumentando la paga y pasándola a mensual, pero nunca convertirla en un “sueldo” que sustituya al trabajo.

Una de las funciones de recibir la paga es que el niño aprende poco a poco el valor del dinero. Incluso para un adulto, es difícil saber cuánto vale un billete o una moneda (estrictamente hablando, un billete no tiene más valor que el papel del que está hecho). El dinero tiene valor porque puede intercambiarse por cosas que sí son útiles para nosotros. Y este valor de intercambio es el que aprende el niño. Sabrá que dos euros equivalen a tal cantidad de chuches o a tantos sobres de cromos. Y si se lo gasta en lo uno no podrá comprarse lo otro, así que tiene que elegir y administrar su dinero.

Es importante dejar claro para qué va a usarse la paga. Normalmente el niño la usará para sus gastos: chuches, cromos, juguetes de poco valor, y música, cine, películas… cuando sea mayor. Si algo está dentro de la lista de “gastos del niño”, los padres no deberían ayudar económicamente cuando se haya gastado la paga. Es su responsabilidad. Si el niño quiere usar sus ahorros para algún gasto más alto (un regalo, compensar una falta, reparar algo que ha roto, etc.) no deberíamos impedírselo porque es una muestra de responsabilidad.

También podemos aprovechar para introducir el concepto de ahorro. Podemos animarlo a que no se gaste toda la paga, sino que guarde parte de la misma. Este ahorro puede meterse en una hucha bonita o en una cuenta del banco (que es más impersonal, pero más realista).

Es importante tener en cuenta al resto de la familia, sobre todo los más cercanos. Pienso especialmente en los abuelos. Lo ideal es anunciar a la familia cercana qué criterios seguimos con la paga y pedirles que respeten esos criterios. O sea, si le damos al niño dos euros por semana, no conviene que sus abuelos le den de repente 50€ porque sí, sin ningún esfuerzo especial. El dinero, como todo, hay que ganárselo.

Y esto me lleva a hablar de castigos. La paga puede usarse como un castigo más. “Si no recoges tu habitación al menos tres veces por semana, esa semana perderás tu paga”. No olvidemos que les damos la paga porque queremos, no por obligación. Es como un regalo. Si el niño no cumple con las normas acordados, no estamos obligados a darle la paga. Aquí sí es muy importante que no consiga la paga por otros medios, por ejemplo de unos abuelos o tíos bienintencionados… Eso sí, nunca debemos tocar los ahorros del niño a modo de castigo. ¿Qué confianza inspira un banco que hace desaparecer tus ahorros?

Y aquí os dejo la imagen de un niño muy aplicado con sus finanzas:

Psicólogo Avilés

Adictos a las nuevas tecnologías

En primer lugar quiero aclarar que la “adicción” a los móviles, a internet o a cualquiera de las llamadas “nuevas tecnologías” no está reconocida médicamente. Una adicción es un trastorno en el que hay una pérdida de control, hay una habituación (la persona tiene que consumir cada vez más para lograr el mismo efecto) y hay un síndrome de abstinencia si se retira la sustancia. Estas tres cosas no pasan cuando somos “adictos” al móvil. Cuando decimos “adicto al móvil” es solo una forma de hablar, no un diagnóstico.

Pero hay gente muy enganchada a sus móviles, ¿verdad? Sí, la hay, y si nos descuidamos puede consumirnos muchísimo tiempo y darnos algún dolor de cabeza. Pero es mejor hablar de un uso excesivo o abuso de internet y los móviles.

Podemos definir el abuso de móvil o de internet como una conducta donde la persona emplea un tiempo exagerado en consultar las redes, descuidando otros aspectos de su vida. ¿Cuánto es un uso exagerado? No lo sabemos. No sabemos cuánto es normal usar internet o cuánto tiempo es normal pasar en Facebook, porque estas tecnologías son tan recientes que aún no hemos tenido tiempo de asimilarlas y hacer estudios serios. En el futuro habrá más estudios, pero por ahora dependemos de nuestro sentido común y nuestro buen criterio.

Los síntomas psicológicos de este uso excesivo del móvil/internet/redes sociales son los siguientes:

  • Desconexión del resto del mundo cuando se está en internet. La persona pierde interés por las relaciones sociales, el estudio, etc.
  • Se dedica un tiempo excesivo a internet, y no a cosas útiles, sino a “pasar el rato”
  • Puede ocurrir que la persona no sea consciente del tiempo dedicado hasta que se desconecta, que es cuando se da cuenta de que ha perdido una hora, o dos, o tres…
  • Irritabilidad cuando internet no está disponible o no pueden usar su móvil
  • Ansiedad cuando no hay conexión o no tienen cobertura
  • Es muy frecuente la compulsión de comprobar el móvil: se mira whatsapp aunque sepamos que no hay notificaciones, entramos en facebook cada pocos minutos, respondemos en el acto a cualquier lucecita o sonido del móvil, etc.
  • Frustración cuando no podemos comprobar algo de forma instantánea, como estamos acostumbrados a hacer

Estos síntomas desaparecen cuando pasamos un tiempo sin abusar de internet o sin móvil. Los padres cuentan muchas historias de terror sobre jóvenes que se vuelven locos si se les quita el móvil, pero lo cierto es que todos podemos vivir sin él y de hecho es beneficioso para nosotros hacerlo de vez en cuando. Aunque se ha hablado de trastornos de nombre alarmante como la apnea de Whatsapp o la depresión de Facebook, lo cierto es que si nos quitan nuestros móviles no nos moriremos, aparte de llevarnos un disgusto o enfadarnos un tiempo.

Como toda nueva tecnología, los móviles e internet han recibido numerosísimas críticas y son vistos con desconfianza por la sociedad… aunque esa misma sociedad use esas tecnologías masivamente. También se piensa que la adicción al móvil es cosa de jóvenes (y es cierto que lo usan más porque ya han nacido con ello), cuando la realidad es que no hay edad para abusar de las nuevas tecnologías. Los móviles o smartphones ahora incorporan las mismas funciones que un ordenador con acceso a internet y se han convertido en nuestros amos y señores. Me gusta mucho esta imagen:

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¿Qué hacer para evitar caer en el abuso de internet? Pues hay varias sugerencias:

  • Lo más importante es tener en cuenta que el uso del móvil es algo que hacemos voluntariamente. El móvil no anula nuestra voluntad. Somos nosotros quienes decidimos como usarlo. Si usamos el móvil para cosas útiles que no podríamos hacer sin él, perfecto. Si lo usamos mucho más de que es necesario, tenemos un problema.
  • Nos han inculcado que hay que responder a mails, mensajes, llamadas y whatsapp en el acto y sin tardanza. Es mentira. Cuando solo teníamos el teléfono fijo en casa, la gente nos llamaba y hablaba con nosotros si estábamos en casa. Si no estábamos, no; nadie salía con el teléfono a la calle. Es útil tener un aparato con el que llamar desde cualquier sitio para algo importante. Pero pretender que estemos disponibles siempre y en todo momento es una tiranía que los demás ejercen sobre nosotros. Ponte horarios de uso: por ejemplo, consulta tu mail o tu whatsapp a mediodía y por la noche, y no el resto del día. Díselo a tus amigos para que lo sepan. Apágalo o pon el modo avión para descansar o a la hora de comer. Verás como estás más traquilo y se vive mejor.
  • En casa es imprescindible poner límites, sobre todo a los más pequeños. Los niños pueden jugar con las tablets o móviles unos minutos, no más. A medida que crezcan se les va ampliando el plazo. Si en algún momento vemos que son incapaces de controlarse, hemos de dejar claro que no tendrán más juegos hasta que se controlen (y no dudar en quitárselo). En el caso de los jóvenes, no necesitan un móvil con doce años. Con dieciséis tal vez sí, pero con límites. Si incumplen, fuera móvil. Si hemos ido educándolos desde niños no tendremos muchos problemas. Como decía en este artículo, los niños quieren que todos en casa cumplan las mismas normas sobre el móvil, incluidos los padres.
  • La tecnología puede ayudarnos: podemos instalar un programa que nos avise de cuándo llevamos mucho tiempo navegando. Podemos quitar el double check de whatsapp (el símbolo de “VV” que se pone azul cuando nos leen) para no tener la tentación de comprobarlo cada dos por tres. Es cuestión de indagar un poco.
  • Buscar alternativas. Si sabemos que los domingos solemos perder toda la tarde en internet, buscar alguna actividad para hacer en esas horas, o algo que evite que en un primer momento nos sentemos a navegar. Hacer primero lo importante y luego “premiarse” con un rato de internet.

Repito: no sabemos cuánto es un uso “normal” de un móvil o de internet. Como seres capaces de tomar decisiones que somos, depende de nosotros decidir cuánto es un uso “útil” y cuánto un uso “excesivo”.