Los regalos de los niños

Se acercan las navidades y, como en todas las fiestas, hay cosas buenas y no tan buenas. Uno de los temas que más se suelen debatir es la cantidad de regalos que hacemos a nuestros hijos. También podríamos hablar de la cantidad de regalos de nuestras parejas o hermanos, pero me interesa hablar de los más pequeños.

Os voy adelantando el final de este artículo: hacemos demasiados regalos a los niños.

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Cada año aparecen estudios sobre lo que los padres se gastan en cada hijo, y es muchísimo. Se ha observado que algunos niños reciben diez veces más regalos de los que necesitan por navidad. Pero ¿cómo saber lo que necesitan? ¿Cuánto es adecuado y cuánto es demasiado?

En los últimos años se ha puesto de moda seguir la regla de los cuatro regalos. Se trata de una iniciativa que surgió de padres que, sencillamente, querían que sus hijos recibiesen una cantidad razonable de regalos. No es, por supuesto, una regla estricta, sino una orientación. La idea es que el niño reciba cuatro regalos:

  • Algo que realmente desee (un juguete o accesorio que le guste mucho)
  • Algo para leer (libros, cuentos…)
  • Algo que necesite (una nueva mochila, una tienda de campaña si va de acampada, equipo deportivo, una cama nueva…)
  • Algo para ponerse (un abrigo, zapatos, su primera cazadora “de mayor”…)

Y ya está. Esos son los regalos que el niño recibirá por navidades (también de abuelos y otros familiares). Se trata de que sean cosas excepcionales, fuera de lo normal, pero a la vez que el niño pueda usar. Los padres que han empezado a usar esta guía gastan mucho menos dinero y los niños valoran más sus regalos.

No hay por qué seguir ninguna guía estricta sobre regalos, porque no existe. Solo se puede orientar a los padres. Pero echemos un vistazo a las consecuencias de regalar demasiadas cosas a nuestros hijos (niños hiper-regalados):

  • El niño que siempre recibe todo aquello que quiere acabará teniendo muy baja tolerancia a la frustración. No aceptará un no por respuesta, siempre querrá salirse con la suya y creerá que lo más natural del mundo es que le den aquello que desee en cada momento.
  • El niño se tomará los regalos como una competición con los demás. Es fácil que confundan la valía de una persona con el número de juguetes o cosas que posee (una trampa en la que caen muchísimos adultos).
  • Cuantos más juguetes tenga un niño, menos valorará cada uno de ellos. Es difícil que cien juguetes reciban el mismo amor que diez.
  • Recibir siempre todo lo que quiere no ayuda al niño a conocer el valor de las cosas. Crearemos en él la idea de que las cosas son fáciles y gratis de reemplazar, dándole una falsa idea del valor del dinero.
  • En poco tiempo el niño caerá en la trampa del consumismo: necesitará cada vez más cosas nuevas y que llamen más su atención para emocionarse con ellas. Pero esa emoción le durará muy poco tiempo, porque enseguida necesitará un nuevo juguete…
  • Cuando el niño se convierta en joven y empiece a pedir coches y móviles de mil euros, tendremos un problema mucho más caro.

Es importante que el resto de la familia esté enterada de nuestra política de regalos. Habrá que decírselo a los abuelos, que suelen malcriar más a los niños (no lo digo en mal sentido). Les expondremos las cosas que queremos que reciban nuestros hijos y qué queremos que les regalen ellos, sin más. ¿Y qué hacer en caso de que no nos hagan caso y tiren la casa por la ventana con los regalos? Tenemos varias opciones:

  • Devolverlos. Seguro que el año que viene no lo repiten.
  • Donarlos. Hablar con el niño y explicarle que como tiene muchos juguetes y algunos no los usa, puede dárselos a algún niño o asociación que los necesite. Dejemos, mejor, que el niño tome esta decisión.
  • Dosificarlos: Podemos guardarnos algunos de los regalos para más adelante, cuando el niño haya disfrutado de los demás.

Todo esto son solo ideas orientativas. Corresponde a cada familia decidir cuántos regalos van a dejar los Reyes Magos en casa.

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T.O.C. de amores

¿Qué es el T.O.C. de amores?, os oigo preguntar. Pues es algo muy frecuente que afecta a personas con pareja: se trata de un pensamiento obsesivo sobre si queremos o no a nuestra pareja, y sobre si ese amor es “correcto” o no. “T.O.C.” significa Trastorno Obsesivo-Compulsivo. Hay muchos tipos de T.O.C., como por ejemplo los de limpieza, los religiosos o los que tienen que ver con hacer daño a otras personas. No existe un diagnóstico que sea “T.O.C. de amores” pero últimamente se ha popularizado mucho la expresión y considero que es acertada. La persona se pregunta continuamente cosas como:

  • ¿estoy seguro de querer a mi pareja?
  • ¿cómo sé que esto que siento no es pasajero o es otra cosa?
  • ¿la estaré queriendo “como debe hacerse”?, ¿lo estaré haciendo bien?
  • ¿y si en vez de amor es otra cosa? ¿Y si solo me gusta su físico? ¿Y si no es suficiente? ¿Y si…?

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Lógicamente esto es una tortura para la persona que sufre T.O.C. de amores, que intenta por todos los medios comprobar o dejar claro si realmente quiere a su pareja. Pregunta a sus amigos, busca por internet, entra en foros para ver otras experiencias, lee libros… Todas estas conductas sirven para tranquilizarla momentáneamente, pero pronto vuelven a aparecer las dudas y con ellas el sufrimiento. A la larga mantienen el problema.

Hay que tener en cuenta que el T.O.C. de amores no tiene nada que ver con el desamor o con no querer a la pareja. Es un problema de pensamientos, como todas las obsesiones: aparece un pensamiento que nos afecta (“no quiero a mi pareja”) y tratamos de reducir esa ansiedad con alguna conducta (por ejemplo, leer sobre el amor, preguntar a nuestros amigos, etc). Aunque esto nos calma un rato, el pensamiento vuelve… y nos obliga a hacer más comprobaciones. Un lío, vamos.

Lo mejor que se puede hacer con cualquier T.O.C. es dejar de hacer esas conductas de comprobación y restarle importancia a esos pensamientos que nos causan ansiedad. Hay que tener en cuenta que los pensamientos son solo eso, contenidos que están en nuestra cabeza y que a veces aparecen sin haberlos llamado y, encima, son desagradables. Yo puedo querer mucho a mi pareja, pero podría pensar en divorciarme de ella, sin que me divorcie en la vida real o sin quererla menos. Incluso podría entretenerme con la idea y crear una fantasía en la que yo estoy divorciado, porque son mis pensamientos: yo los controlo, no ellos a mí. Una vez que entendamos esto, es más fácil dejar de sentir tanta ansiedad cuando pienso “tal vez no quiera a mi novio/a” y por tanto podremos dejar de hacer esas comprobaciones tan molestas para calmarnos. ¡Basta de buscar en foros, de ver El Diario de Noa o de preguntar una y otra vez a los amigos si creen que queremos a nuestra pareja! Si quieres tranquilizarte, practica relajación, distráete, busca alguna actividad para cuando lleguen esos pensamientos, escríbelos y luego quémalos… Hay mil alternativas en vez de intentar dar respuesta a una pregunta imposible: “¿quiero a mi pareja como hay que quererla?”. Por cierto, aprovecho para decir que los mitos del amor romántico, el cine, la literatura, el arte, los mensajes que recibimos de pequeños, en fin, casi toda la cultura, crean esa idea de que hay un “amor verdadero” que debe ser de una determinada forma y no de otras. Nos están vendiendo que si nos desviamos de esa “norma” lo estamos haciendo mal. La realidad es que eso del “amor verdadero” es una mera fantasía.

Con la ayuda de un psicólogo, esotos problemas tienen buen pronóstico. En consulta pueden aprenderse las técnicas necesarias para enfrentarse con éxito a esos pensamientos tan obsesivos. Si crees que necesitas ayuda con ellos, ¿por qué no ponerte en contacto conmigo?

 

Cuándo dar la paga a los niños

¿Cuándo empiezo a darle la paga a mi hijo? ¿Cuanto le doy? ¿Cómo ayudarlo a que la use con cabeza?

Los expertos estamos de acuerdo en que conviene empezar a dar la paga cuando los niños aprenden a sumar y restar, alrededor de los 7 años. Así pueden aplicar sus conocimientos matemáticos recién estrenados a la vida real, lo cual también le motivará.

Antes incluso de empezar a darle la paga, desde pequeñito, es importante familiarizar al niño con el concepto de dinero, de ahorro y de gasto responsable. Por suerte o por desgracia, el dinero es algo que no podemos eliminar de nuestras vidas; por lo tanto, conviene enseñarles rápido a usarlo con cabeza, a aprender que no es infinito, a gestionarlo adecuadamente y a no convertirlo en el centro de sus vidas.

Lo mejor es empezar con cantidades muy pequeñas, uno, dos o tres euros a la semana. Es más fácil para el niño administrar el dinero una semana que un mes. A medida que vayan cumpliendo años, conviene ir aumentando la paga y pasándola a mensual, pero nunca convertirla en un “sueldo” que sustituya al trabajo.

Una de las funciones de recibir la paga es que el niño aprende poco a poco el valor del dinero. Incluso para un adulto, es difícil saber cuánto vale un billete o una moneda (estrictamente hablando, un billete no tiene más valor que el papel del que está hecho). El dinero tiene valor porque puede intercambiarse por cosas que sí son útiles para nosotros. Y este valor de intercambio es el que aprende el niño. Sabrá que dos euros equivalen a tal cantidad de chuches o a tantos sobres de cromos. Y si se lo gasta en lo uno no podrá comprarse lo otro, así que tiene que elegir y administrar su dinero.

Es importante dejar claro para qué va a usarse la paga. Normalmente el niño la usará para sus gastos: chuches, cromos, juguetes de poco valor, y música, cine, películas… cuando sea mayor. Si algo está dentro de la lista de “gastos del niño”, los padres no deberían ayudar económicamente cuando se haya gastado la paga. Es su responsabilidad. Si el niño quiere usar sus ahorros para algún gasto más alto (un regalo, compensar una falta, reparar algo que ha roto, etc.) no deberíamos impedírselo porque es una muestra de responsabilidad.

También podemos aprovechar para introducir el concepto de ahorro. Podemos animarlo a que no se gaste toda la paga, sino que guarde parte de la misma. Este ahorro puede meterse en una hucha bonita o en una cuenta del banco (que es más impersonal, pero más realista).

Es importante tener en cuenta al resto de la familia, sobre todo los más cercanos. Pienso especialmente en los abuelos. Lo ideal es anunciar a la familia cercana qué criterios seguimos con la paga y pedirles que respeten esos criterios. O sea, si le damos al niño dos euros por semana, no conviene que sus abuelos le den de repente 50€ porque sí, sin ningún esfuerzo especial. El dinero, como todo, hay que ganárselo.

Y esto me lleva a hablar de castigos. La paga puede usarse como un castigo más. “Si no recoges tu habitación al menos tres veces por semana, esa semana perderás tu paga”. No olvidemos que les damos la paga porque queremos, no por obligación. Es como un regalo. Si el niño no cumple con las normas acordados, no estamos obligados a darle la paga. Aquí sí es muy importante que no consiga la paga por otros medios, por ejemplo de unos abuelos o tíos bienintencionados… Eso sí, nunca debemos tocar los ahorros del niño a modo de castigo. ¿Qué confianza inspira un banco que hace desaparecer tus ahorros?

Y aquí os dejo la imagen de un niño muy aplicado con sus finanzas:

Psicólogo Avilés

Adictos a las nuevas tecnologías

En primer lugar quiero aclarar que la “adicción” a los móviles, a internet o a cualquiera de las llamadas “nuevas tecnologías” no está reconocida médicamente. Una adicción es un trastorno en el que hay una pérdida de control, hay una habituación (la persona tiene que consumir cada vez más para lograr el mismo efecto) y hay un síndrome de abstinencia si se retira la sustancia. Estas tres cosas no pasan cuando somos “adictos” al móvil. Cuando decimos “adicto al móvil” es solo una forma de hablar, no un diagnóstico.

Pero hay gente muy enganchada a sus móviles, ¿verdad? Sí, la hay, y si nos descuidamos puede consumirnos muchísimo tiempo y darnos algún dolor de cabeza. Pero es mejor hablar de un uso excesivo o abuso de internet y los móviles.

Podemos definir el abuso de móvil o de internet como una conducta donde la persona emplea un tiempo exagerado en consultar las redes, descuidando otros aspectos de su vida. ¿Cuánto es un uso exagerado? No lo sabemos. No sabemos cuánto es normal usar internet o cuánto tiempo es normal pasar en Facebook, porque estas tecnologías son tan recientes que aún no hemos tenido tiempo de asimilarlas y hacer estudios serios. En el futuro habrá más estudios, pero por ahora dependemos de nuestro sentido común y nuestro buen criterio.

Los síntomas psicológicos de este uso excesivo del móvil/internet/redes sociales son los siguientes:

  • Desconexión del resto del mundo cuando se está en internet. La persona pierde interés por las relaciones sociales, el estudio, etc.
  • Se dedica un tiempo excesivo a internet, y no a cosas útiles, sino a “pasar el rato”
  • Puede ocurrir que la persona no sea consciente del tiempo dedicado hasta que se desconecta, que es cuando se da cuenta de que ha perdido una hora, o dos, o tres…
  • Irritabilidad cuando internet no está disponible o no pueden usar su móvil
  • Ansiedad cuando no hay conexión o no tienen cobertura
  • Es muy frecuente la compulsión de comprobar el móvil: se mira whatsapp aunque sepamos que no hay notificaciones, entramos en facebook cada pocos minutos, respondemos en el acto a cualquier lucecita o sonido del móvil, etc.
  • Frustración cuando no podemos comprobar algo de forma instantánea, como estamos acostumbrados a hacer

Estos síntomas desaparecen cuando pasamos un tiempo sin abusar de internet o sin móvil. Los padres cuentan muchas historias de terror sobre jóvenes que se vuelven locos si se les quita el móvil, pero lo cierto es que todos podemos vivir sin él y de hecho es beneficioso para nosotros hacerlo de vez en cuando. Aunque se ha hablado de trastornos de nombre alarmante como la apnea de Whatsapp o la depresión de Facebook, lo cierto es que si nos quitan nuestros móviles no nos moriremos, aparte de llevarnos un disgusto o enfadarnos un tiempo.

Como toda nueva tecnología, los móviles e internet han recibido numerosísimas críticas y son vistos con desconfianza por la sociedad… aunque esa misma sociedad use esas tecnologías masivamente. También se piensa que la adicción al móvil es cosa de jóvenes (y es cierto que lo usan más porque ya han nacido con ello), cuando la realidad es que no hay edad para abusar de las nuevas tecnologías. Los móviles o smartphones ahora incorporan las mismas funciones que un ordenador con acceso a internet y se han convertido en nuestros amos y señores. Me gusta mucho esta imagen:

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¿Qué hacer para evitar caer en el abuso de internet? Pues hay varias sugerencias:

  • Lo más importante es tener en cuenta que el uso del móvil es algo que hacemos voluntariamente. El móvil no anula nuestra voluntad. Somos nosotros quienes decidimos como usarlo. Si usamos el móvil para cosas útiles que no podríamos hacer sin él, perfecto. Si lo usamos mucho más de que es necesario, tenemos un problema.
  • Nos han inculcado que hay que responder a mails, mensajes, llamadas y whatsapp en el acto y sin tardanza. Es mentira. Cuando solo teníamos el teléfono fijo en casa, la gente nos llamaba y hablaba con nosotros si estábamos en casa. Si no estábamos, no; nadie salía con el teléfono a la calle. Es útil tener un aparato con el que llamar desde cualquier sitio para algo importante. Pero pretender que estemos disponibles siempre y en todo momento es una tiranía que los demás ejercen sobre nosotros. Ponte horarios de uso: por ejemplo, consulta tu mail o tu whatsapp a mediodía y por la noche, y no el resto del día. Díselo a tus amigos para que lo sepan. Apágalo o pon el modo avión para descansar o a la hora de comer. Verás como estás más traquilo y se vive mejor.
  • En casa es imprescindible poner límites, sobre todo a los más pequeños. Los niños pueden jugar con las tablets o móviles unos minutos, no más. A medida que crezcan se les va ampliando el plazo. Si en algún momento vemos que son incapaces de controlarse, hemos de dejar claro que no tendrán más juegos hasta que se controlen (y no dudar en quitárselo). En el caso de los jóvenes, no necesitan un móvil con doce años. Con dieciséis tal vez sí, pero con límites. Si incumplen, fuera móvil. Si hemos ido educándolos desde niños no tendremos muchos problemas. Como decía en este artículo, los niños quieren que todos en casa cumplan las mismas normas sobre el móvil, incluidos los padres.
  • La tecnología puede ayudarnos: podemos instalar un programa que nos avise de cuándo llevamos mucho tiempo navegando. Podemos quitar el double check de whatsapp (el símbolo de “VV” que se pone azul cuando nos leen) para no tener la tentación de comprobarlo cada dos por tres. Es cuestión de indagar un poco.
  • Buscar alternativas. Si sabemos que los domingos solemos perder toda la tarde en internet, buscar alguna actividad para hacer en esas horas, o algo que evite que en un primer momento nos sentemos a navegar. Hacer primero lo importante y luego “premiarse” con un rato de internet.

Repito: no sabemos cuánto es un uso “normal” de un móvil o de internet. Como seres capaces de tomar decisiones que somos, depende de nosotros decidir cuánto es un uso “útil” y cuánto un uso “excesivo”.

 

 

Guía para sobrevivir a personas tóxicas (II)

Artículo escrito en colaboración con La Coleccionista de Palabras.

En este artículo hablábamos sobre qué es una persona tóxica. Si no lo has leído, te recomiendo hacerlo antes de seguir con éste, que es la segunda parte. Anteriormente explicábamos cómo reconocer a alguien tóxico y cómo pueden hacernos sentir estas personas. En este segunda entrega repasaremos algunos consejos para enfrentarnos a este tipo de gente… y sobrevivir.

¿CÓMO TRATAR CON UNA PERSONA TÓXICA?

Sabemos que somos seres sociales y las relaciones son importantes en nuestra vida y determinantes para nuestra salud física, mental y emocional. Por eso es importante aprender a relacionarse, pero muchas veces eso no basta y la mejor opción es huir de aquellas personas que nos hacen mal. Siempre decimos que las dificultades hay que enfrentarlas y no evitarlas. Pero en este caso, ni los expertos nos ponemos de acuerdo: ¿desarrollamos estrategias para enfrentarnos a esa persona o bien la evitamos y la sacamos de nuestra vida?

Mi respuesta es clara: bórrala de tu vida. A priori puede parecer la solución más difícil y dolorosa, pero a largo plazo es la solución más sensata. El problema es cuando tenemos que lidiar con ellas sí o sí, porque son familiares o, por ejemplo, compañeros de trabajo con los que nos toca relacionarnos.

¿Qué hacer en esos casos?

Aprende a reconocer de dónde procede el malestar: cada vez que esa persona influye en tus emociones, le estás dando poder sobre ti. Normalmente eres dueño de cómo te sientes, solo que con esta persona no es así. Aprende que ese cabreo o tristeza que sientes no es cosa tuya, es algo que esa persona está poniendo en ti. Es imposible controlar lo que otras personas dicen o piensan de ti, pero no tienes que compararte con los demás, no tienes que aceptar las opiniones y actitudes de los demás, y no tienes que sentirte como ellos quieren que te sientas. Cree un poquito en ti mismo y no te dejes influenciar por este tipo de personas tan negativas.

Reflexiona en vez de actuar por reflejo: no saltes a la mínima. Respira y recurre al mindfulness y la meditación. Es importante aprender a gestionar nuestras emociones y evitar comportarnos de la misma manera en que se comportan con nosotros. Piensa en lo que ha dicho. ¿Es tan importante? ¿Debo entristecerme o enfadarme ahora mismo por esto que me ha dicho, o espero cinco minutos? Cuando tu satisfacción y bienestar dependen de ti mismo, tendrás el control de tu felicidad. Los resultados que obtengas en tu vida, trabajo o relaciones personales dependen directamente de tu habilidad para controlar el estrés y mantener la calma bajo presión.

Una buena arma es el humor: usa respuestas inesperadas, haz preguntas aparentemente absurdas. No temas al ridículo. ¡El absurdo es tu aliado, porque te ayudará a descolocar a esta persona tan tóxica! Por ejemplo, si te dicen “maldito Fulano, ha conseguido un trabajo mejor que el mío, y eso que no tiene estudios, etc.”, puedes responder: “creo que deberías casarte con Fulano para que te mantenga”. Otra opción, menos divertida y más difícil, es devolver un cumplido cuando te critican. Por ejemplo:

Persona tóxica: “¡qué horrible te queda ese jersey! Parece de Cáritas”.

Tú (con una sonrisa): “en cambio, el que tú llevas sí que es bonito”.

La persona tóxica ha perdido de pronto la capacidad de cabrearnos. No ha conseguido que sigamos su juego de críticas, sino que ha recibido algo bueno a cambio de su comentario hiriente. ¡La hemos descolocado de nuevo! Esta opción requiere más esfuerzo y aun así no garantiza el éxito, ya que hay personas que buscan la confrontación incluso si les halagamos.

No necesitas entrar en su juego, no te conviene. Es decir, no sigas los temas de conversación negativos. Cambia de tema. Sin disimulo. Si no se te da bien, simplemente quédate callado, mirándole fijamente. ¡A ver cuánto tiempo tarda en notar que algo va mal!

Reflexiona un poco sobre qué busca la persona tóxica con su actitud. A algunas les encanta discutir y se sienten motivadas cuando les insultas o riñes con ellos. Otros buscan la lástima o piedad de los demás con sus desdichas. Otras simplemente buscan atención, sea como sea. Todas estas cosas son reforzadores: si sabes qué refuerza a una persona, y no se lo das, su actitud dejará de funcionarle y tal vez cambie. No esperes que la persona tóxica deje de serlo, pero tal vez consigas que deje de comportarse así contigo, que al fin y al cabo es lo que intentas lograr.

En realidad, si hay alguien en tu vida que tiene una mala influencia sobre ti, es debido a tu responsabilidad y tu propia elección, ya que tú eres el único responsable de tus decisiones. Solo que hasta ahora no has encontrado una forma de lidiar con esa persona.

Tú puedes elegir alejarte, no ponerte excusas y actuar para tener la vida que quieres.

Psicólogo en Avilés

Ilustración de La Coleccionista de Palabras

 

 

 

Guía para sobrevivir a personas tóxicas (I)

Artículo escrito en colaboración con La coleccionista de palabras.

Desde siempre los psicólogos hemos tratado de clasificar o dar nombre a las distintas formas de ser de las personas. Sin embargo, siempre nos encontramos con personas a las que es difícil ponerles un nombre. Son gente “rara”, en el mal sentido de la palabra. Bernardo Stamateas hizo popular el término gente tóxica en su libro de igual título. Me gusta esa definición. Una toxina es una sustancia que actúa en nuestro organismo y produce un efecto negativo, que viene a ser lo que hace la gente tóxica. Son personas nocivas para nuestro bienestar mental y nos hacen la vida imposible. Pueden aparecer en cualquier parte: en el trabajo, en nuestro grupo de amigos, en nuestra casa… en cualquier sitio donde tengas que interaccionar con personas.

Una persona tóxica es aquella que nos hace sentir mal, a pesar de los muchos esfuerzos que hagamos por evitarlo.

 Son personas que te nivelan para abajo, que producen miedo o culpa, que manipulan, tienden a pensar solo en sí mismas y siempre priorizan su propio ego. Tienden a hacer sentir mal al otro para poder sentirse bien ellos.

Hay muchos tipos de personas tóxicas. Están los “quejones”, los “manipuladores”, los “dadme atención”… ¡Podría hacer toda una serie de artículos, describiendo en cada uno un tipo! Veamos alguna de sus características:

  • Son expertas en manipulación y muy absorbentes (mucha gente es incapaz de alejarse de ellas porque consiguen “enganchar” a sus víctimas).
  • Atacan a los demás personas, porque no saben relacionarse de otra forma. Es como un chute de heroína para ellos, les hace sentirse importantes y fuertes.
  • Muchas cosas que disgustan a la gente normal, a ellos parecen motivarles (broncas y riñas, por ejemplo).
  • Hablan en vez de hacer, y además hablan siempre en negativo. Nunca intentarán hacer algo si pueden, simplemente, hablar de por qué no se puede hacer. Los quejicas son especialmente dañinos, se centran en los problemas, solo ven la perspectiva negativa y te impiden centrarte en las soluciones.
  • Nunca te hablarán de cosas positivas, adoran hablar de los defectos (de otros, claro) y de diferentes clases de desgracias y sufrimientos.
  • Tienen un monotema de conversación con el que te asfixiarán. Puede ser cualquier cosa, como cine o cómics, y si no te gusta eres un imbécil.
  • Son egocéntricas… y mucho. Suelen hablar continuamente de sí mismos, alimentando su propio ego. Naturalmente esto hace muy difícil que se pongan en el lugar del otro o que sean conscientes del daño que pueden hacer.
  • Son celosos, paranoicos y envidiosos: nunca son agradecidos con lo que tienen y cuando alguien consigue algo, los critican y los envidian. No esperes que se alegren de tus éxitos.
  • Todo lo malo ocurre por causas externas: es culpa de los demás, del mundo, de la suerte, de la sociedad o del cartero. Jamás admitirán responsabilidad alguna por las cosas malas que les pasan. Echar balones fuera y culpar al mundo es su especialidad.
  • No admiten opiniones distintas a las que ellos ya tienen. No argumentan sino que atacan a la otra persona. Saltan a la mínima, se indignan con facilidad y así alimentan su resentimiento hacia los demás. Internet es un caldo de cultivo ideal para este tipo de personas.
  • Suelen mentir según les convenga, como buenos manipuladores que son. No les importa el daño que puedan hacer en temas que pueden ser dolorosos para las personas objetos de la mentira
  • Juzgan sin saber, con rapidez y sin pensar, y rara vez cambian sus opiniones.

Podríamos definirlos de un millón de maneras diferentes, pero tienen una característica  común todos ellos: provocan emociones negativas. Suelen tener una baja autoestima y una enorme frustración, están estancados en el dolor y en el resentimiento. Son personas que carecen de empatía, o bien no la usan para nada. No necesariamente son personas malvadas: es muy frecuente que ni siquiera se den cuenta de lo mal que nos hacen sentir. Lógicamente, y viendo su actitud, es normal que pensemos que son gente “mala”.

Cómo nos afecta una persona tóxica

Hay que ponerse alerta cuando una persona (y solo esa) nos hace sentir mal. Basta que vayamos a verla o quedemos con ella para que empiece a subirnos la ansiedad y en su presencia estamos incómodos, nerviosos o irritables. ¿Por qué nos ocurre con esa persona y no con otras? ¿Qué ocurre? Pues a lo mejor resulta que estamos ante una persona tóxica.

Basta pasar tiempo ocasionalmente con alguien tóxico para que tu desempeño y productividad se vean afectados, y por lo tanto también el valor de tu tiempo. Estas personas nos arrastran  su terreno y allí nos vencen con la experiencia: si es alguien que se dedica a quejarse, nos encontraremos de pronto hablando de penas y desgracias; si es alguien que busca discutir, nos veremos de pronto enzarzados en una discusión absurda. Y creedme, es difícil resistirse. Es fácil, casi instintivo, dejarse llevar por estas personas y seguirles el juego.

Nos hacen sentir culpables. Muchas veces no se les dice nada por ese sentimiento de culpa, por no sentirse mal, porque “pobrecito, lo pasa mal”… y acabas justificando sus palabras y sus actos. Siempre está presente su “crítica constructiva” que te hace sentir inadecuado o poco valioso, bajo el disfraz de que se preocupan por tu bienestar. “Es por tu bien”, pero te machaca.

No siempre tienen malas intenciones. A veces parecen buenas personas y realizan actos que te hacen olvidar todo lo malo, pero eso no significa que sean buenas para ti. Un buen pastel de chocolate no es bueno para un diabético. Asociarte con alguien que constantemente te está impulsando a probarlo es tan suicida como cocinarlo para ti mismo.

Es verdad que para que haya una persona tóxica tiene que haber alguien que se deje «intoxicar». Pero ¡ojo!, esto no significa que seamos nosotros los culpables. Nada más lejos. Significa que tenemos el poder y la responsabilidad de protegernos de este tipo de personas. Si dejo que alguien me agreda es porque me cuesta ponerle límites al otro, lo que significa que me cuesta “decir que no”. Creemos que si le negamos algo a esta persona nos castigará con su rechazo o perderemos su aprobación, y eso nos da mucho miedo. Si te da vértigo alejarte de golpe, un buen consejo inicial puede ser que reduzcas la cantidad de tiempo que pasas con esa persona y que poco a poco veas que la calidad de tu vida mejora, que no es tan horrible estar solo o en compañía de otras personas.

Próximamente publicaremos la 2ª parte: ¿cómo tratar con una persona tóxica?

Personas tóxicas

Ilustración de La Coleccionista de Palabras

Cómo sobrevivir a las vacaciones de verano

Las vacaciones son ese periodo que está entre muchos meses de trabajo esperando a que lleguen, y otros muchos meses de trabajo esperando a que lleguen las próximas. De tanto ansiarlas, las vacaciones suelen acabar decepcionándonos, porque ni descansamos, ni viajamos, ni estrechamos lazos con la familia. De hecho, a veces ocurre lo contrario.

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Os traigo unos cuantos consejos para que las vacaciones no se conviertan en un episodio de “Hermano Mayor” en familia.

  • Planea tus vacaciones. No me refiero a planear un viaje (hoteles, comida, desplazamientos…), que también, sino a pensar qué esperas de estas vacaciones. Hazlo antes de que empiecen. ¿Quieres viajar? ¿Leer? ¿Hacer el vago? Hazte la siguiente pregunta: “¿qué tendría que pasar estas vacaciones para considerarlas un éxito?” Si no sabemos lo que queremos, no podremos conseguirlo.
  • Deja claro lo que quieres. Una vez que tengas claro lo que querrías conseguir de estas vacaciones, compártelo con los que te rodean. Anuncia que has decidido descansar, o viajar, o ver muchas series, lo que sea. Deja claro que vas a defender tu derecho a hacer eso que quieres (porque tienes derecho, lo sabes, ¿verdad?). No se trata de imponer tus deseos, sino de compartirlos con los demás y dejar claro que vas a intentar cumplirlos… sí o sí.
  • Entérate de lo que esperan los demás. Lo mismo que has hecho en el punto anterior se aplica a los demás. Te ayudará saber qué buscan o esperan de estas vacaciones. A lo mejor quieren lo mismo que tú y a lo mejor quieren lo contrario. Están en su derecho, y si sabemos lo que quiere cada uno podremos pasar al siguiente punto.
  • Negocia. Negociar con los demás es una habilidad que realmente necesitamos para la vida. Es fundamental, en vacaciones o no, intentar que todos salgan ganando al menos un poquito. Si el hijo quiere salir todos los días y los padres quieren que no salga nunca, hay que buscar un punto medio entre ambos extremos. Quizás salir menos. Tal vez llegar antes. Puede que avisar vía whatsapp de dónde se está y con quién para tranquilizar a los padres. Todos tienen derecho a pedir lo que quieren, pero cuando no es posible al 100% podemos bajar al 80% o al 70%…
  • Sal de tu rutina. No hablo solo de la rutina laboral. Muchas personas simplemente no trabajan y se encuentran con que se aburren. Hay que llenar ese tiempo con algo, y hay que abandonar las rutinas negativas que tenemos en familia. Si discutimos mucho, podemos usar las vacaciones como un “descanso de lo de siempre” y proponerse no discutir por nada. O discutir solo diez minutos al día. O salir corriendo de casa cuando alguien levante la voz. Quién sabe, a lo mejor estos cambios se mantienen cuando hayan acabado las vacaciones.
  • Apaga el móvil. En serio, la ley empieza a amparar esta práctica. Ya hay sentencias que defienden el derecho del trabajador a desconectarse del trabajo, como si no existiera. Y no solo con el trabajo. El móvil es solo una herramienta que nosotros controlamos, no al revés. No te sientas culpable por apagarlo por las noches, para dormir la siesta o el día entero.

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¡FELICES VACACIONES!

La “Ballena Azul” y otros engaños

Imagino que ya todos los lectores sabréis qué es “la ballena azul”: un supuesto juego que practican los jóvenes a través de internet que consiste en superar unas pruebas que empiezan siendo inofensivas (“pellízcate hasta hacerte daño”), pero que acaban llevando al jugador al suicidio. El juego viene de Rusia y ha causado un alarmante aumento de suicidios entre gente joven, incluso niños. Esto, al menos, es lo que han afirmado casi todos los medios de comunicación en las últimas semanas.

Este supuesto y letal “juego” me recuerda mucho a otras “noticas” que han ido surgiendo en los últimos tiempos y que, curiosamente, han sido olvidadas tan rápido como aparecieron: el juego del muelle (orgías entre jóvenes), los tampones con alcohol, la práctica de beber alcohol a través de los ojos para emborracharse antes, los payasos diabólicos… Noticias que seguramente ahora recordaréis con una sonrisa, pero que en su día fueron motivo de alarma y ocuparon portadas de períodicos, webs y telediarios.

Psicólogo Avilés Jóvenes

¿Qué hay de verdad en noticias como estas? Sinceramente: muy poca cosa. Todas ellas tienen una serie de características que las hacen muy sospechosas.

El tema de la Ballena Azul apareció primeramente en un periódico sensacionalista ruso llamado Novaya Gazeta, donde se decía que 130 chicos se habían suicidado en los últimos meses “por culpa de un grupo de internet”. Se daba a entender que había grupos dedicados a promover el suicidio entre los jóvenes y que los casos estaban aumentando. El artículo fue muy criticado porque hablaba de datos imposibles de contrastar y echaba la culpa de los supuestos suicidios directamente a internet. Podéis ver el artículo aquí, pero por desgracia está totalmente en ruso. Meses después, algún medio occidental debió ver en la historia la oportunidad de escribir algo sensacionalista y así obtener más visitas: la “noticia” se extendió como la pólvora.

Analicemos un poco todo esto.

La culpa es “de internet”. Se culpa a algo que es desconocido para mucha gente. ¿Quién sabe lo que hay en las redes? Cualquier cosa podría ser verdad, así que debe ser verdad. Recuerdo cuando, hace décadas, la gente empezaba a tener ordenadores en su casa: algunas personas creían que los “virus” informáticos podían afectar a los humanos haciéndoles enfermar. Esto es lo mismo. Las nuevas tecnologías como medio de propagación del mal.

Los implicados son un colectivo concreto que suele ser visto con desconfianza. En este caso son jóvenes. También lo eran en el “juego del muelle”. Y en el pánico que se desató tras el “crimen del rol” eran jóvenes y además jugadores de rol. ¿Quién sabe lo que traman los jóvenes? No son como los adultos, hacen cosas raras, están locos, se autodestruyen. El mundo de los jóvenes es muy desconocido para los adultos, así que podemos atribuirles cualquier locura y podría ser verdad.

Son noticias alarmistas. Ninguna invita a mantener la calma. La ballena azul “causa furor”, es “la última moda” o “miles de jóvenes” están implicados. Es una manera de difundir la noticia, que la población se toma como algo importante y catastrófico. Cada vez que oigo que algo causa furor, que es incontrolable, que las redes arden, etc., ya me voy haciendo a la idea de que ese “algo” va a ser totalmente falso.

Son noticias de muy difícil comprobación. ¿De verdad se ha suicidado más jóvenes en Rusia? ¿Cómo sabemos que se han suicidado por este juego y no por cualquier otra cosa: acoso, depresión, familias destruidas…? Se explica que los jugadores deben borrar todo rastro de las pruebas que van pasando, así que no queda nada que podamos comprobar. ¡Qué conveniente! Lo mismo ocurre con “el muelle”: ¿quién sabe cómo se ha producido un embarazo no deseado o una infección sexual? Tal vez la víctima. Es imposible comprobar si se debe a un juego descerebrado o no. A día de hoy, ninguna autoridad competente ha encontrado una prueba de que estas noticias son reales. Nadie ha podido demostrar (ni en España ni en otro países) que un solo suicidio se haya cometido por jugar a un juego siniestro. Ojo, la gente joven también se quita la vida. Esto es un hecho. Pero no lo hacen por estar en un grupo de Facebook.

Son noticias que vienen “de fuera”. De Rusia en el caso de la Ballena Azul, de sudamérica el muelle, de EE.UU. los payasos diabólicos… Lo que nos asusta viene de lejos, del extranjero, de los extraños. Cualquier cosa es posible en “esos sitios”… aunque las autoridades de allí tampoco encuentren ninguna pista de la veracidad de estas historias.

Por último, son noticias que se propagan muy rápidamente porque tocan nuestros sentimientos. ¿Os imagináis que vuestros hijos participen en una orgía como las del “juego del muelle”? ¿O que estén en manos de un extraño que les obligue a suicidarse? Son temas que nos tocan la fibra y están pensados para provocar una respuesta emocional. La gente, asustada, los comparte, extendiendo aún más el bulo. Los medios de comunicación, buscando notoriedad, visitas e ingresos por publicidad (esto es fundamental), explotan la noticia al máximo. Y ya tenemos una noticia falsa que se propaga como verdadera.

Así que si os encontráis con alguna noticia que hable de cosas imposibles de comprobar, que se refiera a un colectivo como jóvenes, o drogadictos, o cualquier otro, que venga de países lejanos, y que hable de cosas truculentas (sexo, drogas, violencia, muerte)… poneos alerta, porque podéis estar ante un nuevo bulo.

¿Deberían los padres preocuparse por este bombardeo de peligros que desfilan ante nosotros? Mi respuesta es simple: muy poco. Ya hay bastantes peligros en el mundo y bastante trabajo que hacer con nuestros hijos como para preocuparnos por fantasías creadas por un periodista sin escrúpulos. Además, noticias como la de la Ballena Azul asumen que no existe la voluntad de las personas, porque nos dicen que, bajo la presión de alguien en una red social, la gente se suicida. No es así. Puede haber gente vulnerable por muchas cuestiones que esté planteándose el suicidio, sí. Incluso puede que esta gente encuentre a desaprensivos que le animen a quitarse la vida. Pero lo que no es posible es que, solo por pertenecer a un grupo que promueva el suicidio, un joven decida suicidarse.

Nota: todas las “noticias” de las que hablo aquí son bulos que han quedado en nada.

Nota 2: Snopes, la web de leyendas urbanas por excelencia, trató el tema de la ballena azul y la juzgó “imposible de comprobar”: http://www.snopes.com/blue-whale-game-suicides-russia/

Nota 3: hace pocos días alguien ha tenido la idea de difundir “el abecedario”, un presunto juego entre chavales que promueve el acoso. Ved las redes. Consultad las noticias. ¿No veis puntos en común con todo lo que he contado aquí?

 

El valor de tu palabra (II)

Hablaba yo el otro día sobre el valor de lo que decimos (antes de seguir leyendo te aconsejo echarle un ojo a la primera parte aquí). Hoy reflexionaré un poco sobre algunos trucos para mejorar nuestra capacidad comunicativa y hacernos entender mejor.

La mayor parte del tiempo nos comunicamos muy mal. No es porque seamos tontos. El lenguaje es una herramienta muy potente, pero nos empeñamos en usarla mal, en situaciones muy complicadas y de maneras muy poco eficaces. Todo el mundo sabe hablar, pero no todos sabemos hacernos entender. Y lo curioso es que para aprender a comunicarnos mejor no hace falta tener estudios o ser muy inteligente: basta con seguir una serie de estrategias o “trucos” muy sencillos. Algunas personas usan estas estrategias de forma natural, pero a la mayoría nos cuesta más, simplemente porque siempre hemos hablado de una determinada forma y no nos molestamos en cambiar.

Busca el momento adecuado para decir las cosas. Conozco una pareja que, por falta de tiempo, habla de temas importantes mientras el chico va conduciendo. Error. Él no se entera de la mitad de las cosas que ella le dice, porque ¡está conduciendo! Está atento a las señales, a los coches, a la carretera. No le queda atención para dedicar a lo que le dice su mujer. Ella seguramente sabe hablar muy bien, pero lo que dice se está perdiendo por no decirlo en un momento más adecuado. Elige un momento tranquilo, donde la otra persona pueda dedicarte su atención. Puede ser en casa, en una cafetería tranquila o en la calle, paseando. Evita hablar en situaciones de preocupación o donde haya otras cosas que os distraigan.

Elimina las distracciones. ¡Apaga la tele! Nadie puede atender a otra persona mientras la televisión está encendida. No nos damos cuenta, pero es muy difícil atender a alguien mientras la tele da noticias o emite anuncios. Apágala y tendrás la atención de la otra persona (pero pregunta antes). Lo mismo puede aplicarse a los móviles, internet, la radio, la aspiradora…

Pide la atención de la otra persona. “Hablemos de cómo vamos a planificar esta semana, ¿podemos hacerlo ahora?”. Una sencilla frase como esta puede indicarle a la otra persona que vamos a hablar de algo importante y que solicitamos que nos atienda. No esperes que los demás van a ser todo oídos solo porque has decidido empezar a hablar. Anúncialo. Si no pueden atenderte en ese momento, pregunta cuándo. No importa esperar un poco más.

¡No grites! Vamos a ver. No dejo de encontrarme personas que, en su casa, se dicen las cosas vociferando de una a otra habitación. ¿Tantísimo cuesta dar tres pasos y acercarnos? Cuando nos dicen algo gritando, nuestra primera reacción es contestar a gritos, aunque no estemos enfadados. Los gritos nos alteran y dificultan muchísimo la comunicación. Si no eres capaz de hacer el esfuerzo de caminar cinco metros para decirle algo a la persona de la otra habitación, entonces mereces que ni siquiera te conteste: si tú no te molestas en acercarte es que no le das mucha importancia, y por tanto la otra persona tampoco debería dársela. Algo tan sencillo como esto resolverá muchísimos problemas. ¿Y qué hago si en casa me hablan siempre así? Muy sencillo: no contestes hasta que se tomen la molestia de acercarse y hablar contigo cara a cara.

Sé breve. No des rodeos ni explicaciones innecesarias. Simplemente piensa lo que quieres transmitir y dilo. Si quieres decir que no vas a ir al cine el viernes de noche, no empieces a hablar de tu economía y de lo mucho que te gustaría ir, pero…. bla, bla, bla. Prueba a decir, simplemente, “la verdad es que no me apetece ir al cine este viernes”. Cuantas menos palabras, mejor comunicación y menor probabilidad de malentendidos. Las personas más inteligentes no son las que usan palabras rimbombantes o hablan mucho, son las que pueden decir cosas complejas con palabras simples.

Asegúrate de que te han entendido. Es como cuando en las películas el grupo dice “repasemos el plan” y vuelven a repetiro todo (mientras alguno de ellos se queja). Pregunta si todo está claro y, si hace falta, pide que te lo repitan si no es algo muy largo. Por ejemplo: “¿todo claro?”, o “¿tienes claro donde tienes que comprar los billetes?”, o “esto es importante, así que quiero que lo tengamos claro, ¿puedes repetirme a qué hora hemos quedado?”. Haciendo esto te aseguras de que te han entendido y captado tu mensaje, y no tendrás que repetirlo cuarenta veces en el futuro.

Hay muchos más trucos para comunicarnos. Yo solo he planteado alguno. ¿Hay alguna otra cosa que te sirva para comunicarte mejor con los demás?

Y un poco de humor:

Maxi Costales Psicólogo Avilés

 

El valor de tu palabra

¿Por qué un diamante, o una pepita de oro, son tan valiosos? ¿Crees que es porque hay muchos y todo el mundo puede tenerlos? No. Es justamente por lo contrario: porque son escasos, encontrarlos requiere mucho trabajo y por tanto son muy apreciados. Su escasez es lo que hace que los diamantes y el oro seran tan valiosos. Si hubiese tantos diamantes como vulgares piedras, no tendrían ningún valor.

Psicólogo Avilés niños

Lo mismo ocurre con las palabras. Los seres humanos somos seres con una gran necesidad de comunicarnos, y para ello usamos la palabra. Por desgracia, ¡no sabemos cuando callarnos! Muchas personas seguramente estén diciendo alguna cosa interesante pero, como no se callan, lo interesante pierde su sentido y se pierde entre tanta palabrería. Cuanto más repitamos las cosas, menos valor tendrán. ¿Recuerdas el cuento de Pedro y el lobo? De tanto repetir que venía el lobo, Pedro consiguió que el valor de su palabra fuese tan escaso como para que sus vecinos no le hiciesen ni caso cuando el animal finalmente se presentó de verdad.

Es muy frecuente, sobre todo en el campo familiar y en las parejas, ver a personas que no se hacen ni caso unas a otras. Se han acostumbrado tanto a oir las mismas cosas que se han vuelto sordas a amenazas, súplicas, órdenes y quejas. Por supuesto, la otra parte no entiende por qué, a pesar de haber dicho un millón de veces que va a castigar a su hijo, este sigue haciendo la misma trastada una y otra vez. ¿No será, justamente, por haberlo dicho un millón de veces? Ejemplos:

No paro de decirle a mi hijo que le voy a quitar la consola si sigue usando el móvil en la mesa.

No soporto que mi novio fume. Le tengo dicho mil veces que lo deje o le dejo yo a él, y nada.

Le tengo dicho a mis hijos que si siguen con sus broncas me va a dar un ataque.

Mi novia parece que pasa de mí. Cada vez que le cuento algo de lo que me hace mi jefe ni me escucha. Y eso que llevo años contándole lo mal que me va en el trabajo.

¿Notáis algo en común en todos estos ejemplos? Efectivamente: lo que dicen estas personas ha perdido todo su valor a fuerza de repetirlo. ¿Quién va a hacer caso de una amenaza de castigo si ya la ha escuchado mil veces sin que nunca pase nada? ¿Quién va a creerse que Fulano va a dejar su trabajo porque está hasta el gorro cuando Fulano lleva diciendo lo mismo desde 1998? Nadie. Estos diamantes en potencia han perdido todo su valor.

Próximamente os daré algunos consejos para que vuestras palabras conserven su fuerza y su valor, y para que no tengáis que repetir mil y una veces las cosas.

Podéis ver la segunda parte de este artículo aquí.