¿Tristeza o depresión?

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Hoy en día usamos la palabra «depresión» con mucha frecuencia, y a menudo de forma errónea. Muchas veces nos dicen que tienen «depresión post-vacacional», o que cuando les dejó la novia «estuvieron con depresión».

Afortunadamente para las personas que hablan de depresión tan a la ligera, están equivocadas. La mayor parte de las veces que hablamos de depresión, estamos hablando de otra cosa.

Una cosa es la depresión y otra muy distinta es la tristeza.

La depresión en un trastorno que se caracteriza por la desgana, la apatía y la tristeza. La persona que sufre una depresión tiene pensamientos negativos acerca de sí mismo, del mundo y del futuro («lo ve todo negro»). Actualmente se acepta que para diagnosticar un trastorno depresivo, los síntomas deben durar al menos dos semanas. No deben ser causados por consumo de sustancias o por una pérdida importante que haya sufrido recientemente la persona. La depresión es un trastorno grave, que afecta enormemente a la vida de la persona. No sabemos por qué algunas personas tienen depresión y otras no, ya que parece haber muchas causas diferentes.

Por otra parte, la tristeza es una emoción humana extremadamente frecuente. La tristeza puede deberse a muchas causas y, al igual que el enfado, la alegría o la ira, es temporal. Podemos estar tristes en un momento dado y alegres al cabo de un rato. Podemos estra tristes el lunes pero muy contentos cuando se acerca el fin de semana. Incluso una pérdida significativa para la persona puede causarnos tristeza (perder algo valioso, recibir una mala noticia, que nuestro equipo haya perdido…), pero solemos recuperarnos con rapidez. A diferencia de la depresión, la tristeza no incapacita a la persona que la sufre.

Si uno está sufriendo una depresión, necesita ayuda. La terapia psicológica puede ayudar enormemente a la persona, sobre todo cuando se involucra a los familiares y personas cercanas. También suele recurrirse a la medicación mientras para ayudar a que la persona supere el trastorno. Por contra, la tristeza forma parte de la vida y hay muchas situaciones cotidianas que nos causarán tristeza. Es una emoción más, y como tal debemos aceptarla. Esa es la principal diferencia.

El rey y el halcón

Le Faucon Hagard in 'Traité de Fauconnerie' by H Schlegel, 1853

Un rey recibió un hermoso halcón como regalo. Se lo entregó a su maestro de cetrería para que lo entrenase, pero este pronto descubrió un problema: el halcón no echaba a volar. Se pasaba el día posado en una rama, sin que nada de lo que hiciese el cetrero sirviese para nada. El rey, preocupado, mandó llamar a médicos y curanderos de los alrededores para ver si alguno lograba curar al halcón. Ninguno tuvo éxito. Pidió a los nobles y cortesanos que hiciesen lo que pudieran, pero fue en vano: el halcón no se movería de la rama. Finalmente, convocó al pueblo y ofreció una recompensa a aquella persona que lograse hacer volar al halcón.

Al día siguiente, el rey miró por la ventana y vio a su halcón volando como una flecha. Encantado, hizo llamar a la persona que lo había logrado y pronto condujeron ante él a un pobre campesino.

– ¿Cómo has logrado que mi halcón volara? -preguntó el rey- ¿Acaso eres un mago?

– Majestad -dijo el campesino-, lo único que hice fue cortar la rama en la que el halcón se posaba. Cuando se quedó sin su rama, el halcón descubrió que tenía alas y podía volar, y sólo entonces voló.

El cielo y el infierno

Psicólogo en Avilés

Un belicoso y violento samurai desafió a un anciano maestro budista a que le explicase los conceptos de cielo e infierno. El monje lo miró con desprecio y le contestó:

– No eres más que un patán ignorante y no puedo perder el tiempo con tus tonterías.

El samurai, viendo insultado su honor, montó en cólera enseguida y desenvainó su espada.

– ¡Por esta ofensa te mataré, viejo! -gritó.

El anciano lo miró con calma y dijo:

– Eso es el infierno.

Conmovido por la perspicacia del anciano, el guerrero se calmó enseguida y guardó su arma. Luego, se inclinó en gratitud ante el maestro, sintiéndose más sabio y tranquilo que nunca.

– Y eso -dijo el maestro- es el cielo.

¿Soy dependiente emocional?

Psicólogo en Avilés

Varias personas me han hecho esta misma pregunta en un intervalo muy corto de tiempo. La dependencia emocional es un fenómeno complejo que afecta a muchas personas. La persona que sufre de dependencia emocional pone todas sus esperanzas, su felicidad y su bienestar en manos de otra persona o personas (habitualmente, la pareja, aunque no siempre). Por ello, necesitan desesperadamente la aprobación de esa persona y sufren en exceso si son criticados o rechazados por ella.

Como es lógico, poner nuestra felicidad exclusivamente en manos de otros es arriesgado, ya que tarde o temprano van a hacer algo con lo que no estemos de acuerdo y sufriremos. Las personas que son dependientes emocionalmente

– suelen tener baja autoestima

– necesitan tener pareja prácticamente siempre

– temen de forma irracional a la soledad y el rechazo de sus parejas

– necesitan desesperadamente la aprobación, cariño, amor, compañía o la mera cercanía de su pareja

– se involucran en relaciones asimétricas, donde su pareja las domina y se encuentra en una posición de superioridad respecto a ellas

– ponen a su pareja ante todo lo demás, dejando amigos, trabajo, familia, etc., por estar con ella.

La persona dependiente emocional suele «encadenar» relaciones, todas ellas muy similares, intentando satisfacer su necesidad de afecto, compañía y aprobación. Por desgracia, suelen encontrar personas que se aprovechan de su vulnerabilidad: hay muchas personas expertas en detectar y explotar a los dependientes emocionales. Estas relaciones suelen ser dañinas y negativas para la persona dependiente, que se debate entre el sufrimiento que le produce su pareja y el sufrimiento que le produciría abandonarla. Cuando rompen una relación, tratan de buscar otra lo antes posible.

La dependencia emocional afecta más a las mujeres que a los hombres. Tal vez porque a la mujer, tradicionalmente, se le han inculcado a fuego muchos mitos sobre el amor: hay que luchar por tu pareja, debes complacer a tu hombre, tu objetivo en la vida es servir a tu familia, pensar en ti misma es egoísta.

Creo que soy dependiente. ¿Qué hago? Ante todo, debes saber que no es una enfermedad, que hay salida. Hay que cambiar viejos patrones de comportamiento y creencias, y reemplazarlos por nuevas costumbres más sanas. Analiza cómo sueles comportarte en tus relaciones de pareja. ¿Quieres seguir siempre así? ¿Alguna de estas relaciones ha mejorado tu vida? ¿Volverías a hacer lo mismo? Si realmente deseas cambiar, es importante que empieces a comportarte de otra manera. Ante todo, date un tiempo de soledad: verás que no es tan terrible. Aprovecha el tiempo para conocerte a ti mismo y para quererte un poco. Haz cosas por tí mismo, emprende actividades que te motiven, enamórate un poco de ti mismo. Cuestiónate esos mitos sobre el amor que todos hemos escuchado y que hacen más daño que otra cosa. Para poder estar bien con alguien, primero necesitamos estar bien con nosotros mismos.

Si ves que no puedes tú solo/a, los psicólogos solemos tratar casos así en nuestra consulta. No temas pedir ayuda, ya que la dependencia emocional es una carga muy pesada y dañina para quien la soporta.

PD: en este artículo he hablado repetidas veces de «parejas» y «relaciones de pareja». La dependencia emocional no es exclusiva de los amantes, sino que puede suceder entre familiares, amigos o compañeros.

Pequeños cambios

Todos hemos soñado alguna vez con un cambio radical, mágico y milagroso que revolucione nuestra vida y nos haga felices.

Voy a ser realista: los cambios milagrosos raramente suceden, y sus efectos no suelen ser duraderos.

Quienes nos dedicamos a la psicología vemos a muchas personas que quieren cambiar su vida, y quieren hacerlo ya. Está bien: eso denota energía y ganas de mejorar. Pero un psicólogo sensato sabe que los cambios se producen poco a poco, por acumulación, día a día. Está muy bien plantearse cómo sería nuestra vida si nuestros problemas desapareciesen mágicamente: de esta forma podemos visualizar qué cosas haríamos si empezasen a producirse estos cambios. Pero es poco realista querer que todo cambie de hoy para mañana. Nadie puede superar una depresión de una semana, o recomponerse tras una ruptura de pareja en dos, u olvidar la muerte de un ser querido en un mes. Todos los procesos de cambio llevan tiempo.

Los cambios espectaculares («me divorcio y me voy al Caribe a vivir», «me cambio de trabajo y de casa y me apunto al gimnasio») pueden tomarse muy rápidamente, pero no aseguran la felicidad, es difícil mantenerlos y a veces causan más problemas de los que resuelven.

En mi experiencia, los pequeños cambios que vamos adoptando poco a poco y que vamos practicando hasta que sean automáticos, son los que potencialmente cambian nuestra vida. Hacer pequeñas cosas que nos motiven, dedicarse a esa actividad que tenemos ganas de hacer desde hace tiempo, hacer cosas rutinarias que nunca hemos hecho, decir cosas que no solemos decir, llamar a un amigo, escribir una poesía… Son ejemplos de pequeñas actividades que nos ayudan a sentirnos mejor y a incorporar pequeños cambios a nuestra vida. Por ejemplo, si estás insatisfecho con tu figura y quieres adelgazar, ¿por qué no empezar a caminar al aire libre de vez en cuando? No es un cambio espectacular. No es empezar una super-dieta de la noche a la mañana. Pero tal vez te enganches a las caminatas y sigas haciéndolas mucho tiempo, mucho más del que aguantarías si intentases cambiar toda tu alimentación de la noche a la mañana.

Comparemos nuestra vida con un camino con grandes subidas y bajadas: nadie puede escalar las montañas que nos encontramos de un solo salto. Pero si vamos paso a paso es fácil que un día nos encontremos en lo alto del obstáculo. Habremos conseguido el cambio, poco a poco.

Si queremos cambiar nuestra vida, debemos hacer muchos cambios diminutos, más que un único cambio espectacular.

Aprovecho para recordar, como siempre, que no está en nuestra mano cambiar el mundo o a sus habitantes. Solo a nosotros mismos.

Psicólogo en Avilés

Las tres frases

– Maxi, ¿qué frase enmarcarías y pondrías en tu consulta?

La verdad es que nadie me ha preguntado esto, pero podría ser. Si ocurriese, yo respondería inmediatamente lo siguiente.

– Verás, hay tres frases que grabaría en las paredes de mi consulta. No una ni dos, sino tres.

«He comprobado que una gran parte de nuestros problemas surgen porque evitamos cosas. Si tenemos miedo a algo, como salir de casa, o los perros, o las relaciones de pareja, lo evitamos. Nunca nos enfrentamos a ello. De esta forma, vamos creando en nuestro cerebro la idea de que eso que evitamos debe ser terrible, indeseable y peligroso. A medida que pasa el tiempo, la creencia está tan arraigada que ya nos será imposible hacer aquello que hemos evitado tantas veces. ¿Cuántas personas conoces que tienen miedo a los ascensores, o fobia a las abejas, o que jamás se atreven a coger el coche? ¿Crees que no hacer todas esas cosas les ayuda a superar su miedo? No, al contrario. Están reforzando su temor. Para superar un miedo hay que enfrentarse a él, con valor y calma, controlarlo y no ser controlados por él.

«Por eso, la primera frase sería HAZ LO QUE EVITAS.

«En segundo lugar, un gran porcentaje de nuestro sufrimiento se debe a que le damos demasiadas vueltas a las cosas. Queremos anticiparnos a todo, tenerlo todo previsto, y vivimos temiendo muchísimos males y desgracias que nunca llegan a producirse. Creo que fue Descartes el que dijo que durante su vida había sufrido cientos de desgracias… que nunca llegaron a suceder. En lugar de esto, ¿por qué no centrarse en solucionar los problemas que aparezcan? ¿No es mejor ocuparse y trabajar para cambiar aquello que no nos gusta, o incluso cambiarnos a nosotros mismos? Pre-ocuparse (o sea, ocupar nuestra cabeza antes de que haya sucedido nada) solo sirve para perder energías. Sin embargo, tomar decisiones, hacer cosas, cambiar, buscar soluciones… ah, eso es otra cosa.

«Por eso, la segunda frase sería NO TE PREOCUPES; OCÚPATE.

«En tercer lugar, quiero hablarte del pasado y del futuro. Ambas cosas son una mera ilusión de nuestra mente. Sabemos que hubo un pasado porque estuvimos en él y conservamos recuerdos, del mismo modo que sabemos que hay un futuro porque nos desplazamos hacia él a cada minuto que pasa. Pero pasado y futuro no están aquí, ahora. Quien vive en el pasado no puede adaptarse a los cambios, rememora tiempos que ya no existen, es incapaz de centrarse en el ahora y de tomar decisiones que hagan mejor su mañana. Y quien viva en el futuro probablemente padezca una ansiedad perpetua, ya que el futuro no está escrito y depende, en gran medida, de cosas que escapan a nuestro control (aunque podamos tomar decisiones para intentar que sea mejor). Los humanos tenemos muchos problemas cuando nos anclamos al pasado o al futuro. Dicen que la depresión es un exceso de pasado y la ansiedad es un exceso de futuro. Lo sé, lo he visto.

«Por eso, la tercera frase sería NO HAY FUTURO, NO HAY PASADO, SOLO HAY AHORA.

Esa sería mi respuesta y esas serían las tres frases que elegiría para ponerlas en lugar visible.

HAZ LO QUE EVITAS

NO TE PREOCUPES; OCÚPATE

NO HAY FUTURO, NO HAY PASADO, SOLO HAY AHORA

¿Qué hago con mi diagnóstico?

diagnóstico, ca.

(Del gr. διαγνωστικός).

1. adj. Med. Perteneciente o relativo a la diagnosis.

2. m. Med. Arte o acto de conocer la naturaleza de una enfermedad mediante la observación de sus síntomas y signos.

3. m. Med. Calificación que da el médico a la enfermedad según los signos que advierte.

Recibo bastantes consultas de gente preocupada por el diagnóstico que ha recibido de su médico o psiquiatra. Más aún, muchas personas vienen con un auto-diagnóstico basado en cosas que han visto o leído. La mayor parte de las veces, el diagnóstico no tiene un efecto positivo en esas personas. Suelen hacerse preguntas como ¿estaré loco? ¿Estoy enfermo? ¿Se curará esto? ¿Cómo afectará esta enfermedad a mi vida? ¿Podré llevar una vida normal?

El diagnóstico sirve para que los profesionales se comuniquen entre ellos. Si yo, como psicólogo, recibo un informe de un psiquiatra en el que se diagnostica a una persona con, por ejemplo, un trastorno límite de la personalidad, yo puedo saber más o menos qué síntomas esperar en ese paciente. Lo mismo ocurre cuando otros profesionales de la salud se comunican entre sí: usar un diagnóstico es más sencillo y conciso que volver a hacer un listado de todos los síntomas. El diagnóstico es una herramienta.

El problema es que, en muchas ocasiones, el diagnóstico es una mera etiqueta que no ayuda a que la persona entienda lo que le pasa ni a superar sus problemas. El diagnóstico no mejora los síntomas, no ayuda a tomar decisiones que mejoren nuestra vida, no ayuda a comprender los síntomas ni cómo afectarán a nuestra vida.

Lo primero que yo le diría a una persona a la que han diagnósticado algún trastorno psiquiátrico/psicológico sería que se tranquilizase. Recuerde que el diagnóstico es una herramienta médica. Su diagnóstico no le hace mejor o peor persona, ni significa que «esté loca». El diagnóstico, sea cual sea, ni mejora ni empeora sus síntomas.

Lo segundo que le diría sería que pidiese más información. A veces el desconocimiento del trastorno es peor que los propios síntomas, y es lógico que la persona se sienta desorientada y algo asustada. Pues bien, tanto psiquiatras como psicólogos pueden y deben resolver las dudas que tenga el paciente sobre su diagnóstico. Cómo afectará a nuestra vida, qué síntomas son los esperables, cómo va a evolucionar el problema, qué pueden hacer los familiares… son preguntas que suelen hacerse las personas y que deberían ser correctamente respondidas por un profesional cualificado. Mucho cuidado con buscar información en lugares poco adecuados, como foros de internet o páginas de dudosa fiabilidad.

La tercera cosa que le diría a un paciente que ha recibido a un diagnóstico es… que actúe. Que no se deje intimidar porque le hayan diagnosticado un trastorno psicológico. Que intente mejorar las condiciones de su vida y que intente trabajar por su felicidad. Para conseguirlo hay que ir más allá del diagnóstico y estudiar qué hay detrás: por ejemplo, muchas depresiones no ocurren porque sí, sino que están motivadas por cambios negativos en la vida de la persona (muertes, divorcios, etc.). Si ayudamos a la persona a asumir o enfrentarse a estos cambios, seguramente la depresión mejorará. Y lo mismo ocurre con otros muchos diagnósticos. El trastorno no es algo fijo, sino que puede trabajarse en él, mejorar y superar los síntomas que originaron el diagnóstico inicial.

Querría recordar que, como psicólogo, creo firmemente que toda persona puede trabajar por su propia mejoría y que los humanos podemos cambiar. ¿No es ese el sentido de la psicología?

Psicólogo Avilés

El guerrero y el calabozo

Psicólogo AvilésUn guerrero samurai fue apresado un día por sus enemigos, que lo encerraron en un calabozo. El guerrero se revolvía y era incapaz de dormir, pues suponía que al día siguiente lo torturarían cruelmente. En ese momento recordó las palabras de su maestro, un monje zen: «el mañana no es real. La única realidad es el presente». De este modo, volvió al presente y se quedó dormido.

Comparándose con otros

Tu psicólogo en Avilés

Existe un interesante experimento realizado en 1997 por Sonja Lyubomirsky y Lee Ross acerca de la felicidad y cómo nos comparamos con los demás. En dicho experimento, se pedía a unos estudiantes que resolviesen una serie de tareas (anagramas, cuestionarios, etc.). Previamente se les habían hecho unos tests para comprobar su nivel general de felicidad, por lo que había estudiantes «felices» e «infelices». Después de resolver las tareas, se les hacía creer que los demás estudiantes lo habían hecho mucho mejor o bien mucho peor que ellos mismos. Finalmente se les preguntaba a los alumnos hasta qué punto se sentían satisfechos con sus tareas.

Los resultados fueron interesantes. Los estudiantes «felices» se sentían satisfechos de su desempeño, independientemente de que hubiera estudiantes más veloces. Se comparaban más bien con los que habían sido más lentos, pensando «bueno, podría haber sido peor». Curiosamente, los estudiantes clasificados como «infelices» basaban su satisfacción más en cómo lo habían hecho los demás que ellos mismos. Si habían sido muy rápidos, se comparaban con los que habían sido aún más rápidos, y se sentían insatisfechos.

¿Eran los estudientes «infelices» más proclives a compararse con otros y sentirse mal? ¿O, por el contrario, eran infelices precisamente por compararse con los demás? Lo que parece claro es que esta comparación influía más en su satisfacción que los datos objetivos (si lo habían hecho bien o mal). Lo mismo ocurre a veces en la vida real: no siempre lo que poseemos o lo que conseguimos nos hace más felices, especialmente si nos comparamos con alguien que tiene más… y siempre habrá alguien con quien compararse. Compararse con gente «superior» es cruel para nosotros mismos. Y es que,

Queremos ser más felices que los demás, y eso es dificilísimo, porque siempre les imaginamos mucho más felices de lo que son en realidad.
Montesquieu.

El estudio completo puede consultarse, en inglés, aquí.

Problemas en la cocina

Psicólogo en Avilés

Una joven se quejaba a su madre mientras esta cocinaba. Tenía muchos problemas, no sabía cómo resolverlos y no veía salida de su situación. La madre cogió tres ollas, las llenó de agua y las puso a hervir. Luego cogió una zanahoria, un huevo y un puñado de granos de café. Puso cada alimento en una de las ollas y se sentó junto a su hija.

– Esperemos a ver qué pasa – dijo.

Veinte minutos más tarde, apagó los fogones. Fue hacia la primera olla.

– Fíjate en la zanahoria. Antes era dura, pero ahora se ha vuelto débil y blanda.

Fue a la segunda olla.

– El huevo antes era suave y de corazón blando, pero ahora se ha vuelto duro y rígido.

Finalmente llegó a la tercera olla.

– Y he aquí al café, que sigue igual, pero ha cambiado el agua que lo rodeaba en otra cosa.

Volvió junto a su hija.

– Aunque los tres alimentos han pasado por la misma situación desagradable (agua hirviendo), cada uno ha reaccionado de una forma distinta. ¿Cómo eres tú ante los problemas? ¿Eres como la zanahoria, aparentemente dura pero débil ante la adversidad? ¿O como el huevo, que con los problemas se vuelve duro y rígido? ¿O tal vez como el café? El café no solo supera el problema, sino que cambia lo que le rodea hasta hacerlo mejor y más sabroso. Si consigues mejorar ante los problemas y convertir lo malo en algo bueno, nada podrá vencerte. Lo que nos daña no son las circunstancias, sino cómo reaccionamos ante ellas.